Blenda, galena y fluorita. Estos tres minerales motivaron la explotación de 'Ángela', una profunda mina subterránea de Carranza que los alemanes pusieron en marcha durante la Segunda Guerra Mundial y permaneció activa hasta los años setenta. El Ayuntamiento encartado ofrece estos días la oportunidad de conocer sobre el terreno el quehacer diario de los antiguos mineros durante una serie de visitas guiadas, únicas en Euskadi, que recorren dos kilómetros de galerías. El itinerario permite contemplar también diversas cavernas naturales de gran belleza descubiertas gracias a la actividad extractiva.
Recibe a los turistas en la boca de la galería una leve brisa, agradable en verano, que no tarda en transformarse en gélida temperatura tras la incursión. «Estamos ahora mismo a unos ocho grados centígrados», advierte a los visitantes Ixone Ibáñez, responsable de los recorridos guiados. La oscuridad y el barro ganan presencia al tiempo que la luz natural desaparece durante el inicio de la marcha, mientras se escuchan las primeras explicaciones. Un filón de mineral de casi un metro de anchura no tarda en justificar la existencia de la mina, a pesar de que 'Ángela' nunca fue especialmente rica. «Daba lo justo para mantenerla abierta y cuando se encareció la producción hubo que cerrarla», admite la guía, quien dirige la atención de los visitantes hacia las coloraciones azuladas, amarillentas y cristalinas de la pared, originadas por la conjunción de la blenda, la galena y la fluorita.
El recorrido avanza por un túnel cada vez más angosto y difícil de transitar, aunque un impresionante agujero de treinta metros de profundidad reclama pronto el interés de los presentes y deja al descubierto los entresijos de la galería. «Éste es el pasillo principal, pero hay un nivel subterráneo y otros dos más por encima de nosotros. Todos se conectan a través de esta especie de pozos», explica Ibáñez a unos turistas cada vez más sorprendidos.
Cuevas naturales
Lo mejor de la aventura, sin embargo, está aún por llegar. Tras 1.200 metros de recorrido en línea recta, un desvío conduce hacia la cueva de La Leona. La galería artificial se excavó para localizar nuevas vetas de mineral, pero descubrió sin pretenderlo dos salas subterráneas de sorprendente belleza. Estalactitas de diversas tallas y formas, incluidas algunas excéntricas, sorprenden al visitante con su color blanco casi inmaculado.
El recorrido parece a punto de finalizar, pero dos agradables sorpresas aguardan a los asistentes durante el regreso. Otra de las múltiples galerías laterales conduce hacia un par de soplados. La dificultad del acceso obliga a los aventureros a arrastrarse por el embarrado suelo, pero el esfuerzo merece la pena. «Impresionante», exclama uno de los visitantes mientras avanza con sumo cuidado entre estalactitas, coladas, perlas de caverna y estalagmitas. Los últimos paisajes del subsuelo carranzano otorgan las fuerzas necesarias para emprender el retorno a la salida de la galería, donde el calor recibe de nuevo a los turistas y los devuelve a la realidad exterior.