Domingo, 1 de octubre de 2006
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EL LENGUAJE
Palabras que hieren
El control de la agresividad verbal no es cuestión de modelos de lengua, sino que depende de la adecuada consideración de cada hablante hacia sus receptores
Palabras que hieren
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Con las primeras luces de la mañana, hay emisoras de radio que ya atruenan el espacio emponzoñándolo con las voces airadas de ciertos locutores. También, según épocas, el sector más animoso de nuestros políticos se suma a esta corriente derramando por las tribunas sus insultos y sus improperios a troche y moche como si en ello les fuera la vida. Lo que se ha dado en llamar el «estado de crispación» goza de un número notable de adeptos empeñados en sumergirnos en su ruidosa y colérica charca, que en cierto modo es la versión pública de un vicio viejo arraigado en los hábitos privados de muchas personas y sociedades: la violencia verbal.

Insultar, descalificar, hacer daño a otros con las palabras forma parte de la comunicación cotidiana. Nuestras palabras no sirven únicamente para informar acerca de la realidad, sino que traslucen estados de ánimo, emociones y sentimientos. Si pudiéramos medir el alcance de la función emotiva en los mensajes que intercambiamos, seguramente llegaríamos a la conclusión de que ocupa tanto o más peso que la función referencial (esto es, la meramente transmisora de informaciones). Consciente o inconscientemente, nuestras expresiones son portadoras de violencia en la medida en que nos sentimos dominados por la ira, el enojo o la simple irritación.

Pero habría que preguntarse si la manifestación agresiva de las emociones mediante palabras actúa como catarsis o desahogo o si, por el contrario, engendra más agresividad tanto en el emisor como en el receptor. Un taco proferido desde la grada de un estadio contra el árbitro del partido tal vez canalice una beneficiosa descarga de adrenalina sin causar, por otra parte, demasiado malestar en un destinatario consciente de su papel en el ritual colectivo. También a veces un par de palabras enérgicas coloca a cada uno en su sitio si vienen dichas por el maestro a un grupo de escolares levantiscos, o por el jefe a unos operarios remolones. Una cosa es guardar las formas y otra muy distinta tener miedo a las palabras y renunciar a la eficacia del lenguaje vehemente cuando éste se revela necesario. Entre los excesos de la franqueza desconsiderada y las mojigaterías del eufemismo y los circunloquios de lo 'políticamente correcto' hay un término medio donde las palabras no tienen por qué desprenderse de su energía.

Sin embargo, la violencia verbal suele dar un paso más allá y situarse en el mismo plano que otras formas de violencia. Esto es, en la voluntad de herir. No es casual que en las situaciones de abuso más tipificadas (el doméstico, el escolar, el laboral), la agresión verbal aparezca muy frecuentemente asociada a otras formas de maltrato. Unas veces representa el paso previo a la fase más virulenta de la violencia física, otras concentra la mayoría de los ataques psicológicos contra la víctima. En este sentido, entienden por violencia verbal los psicólogos especializados en la materia «aquella en la cual se trata de dominar a otra persona por la elección de palabras, por la entonación o el volumen de voz, logrando provocar en quien la sufre sentimientos de impotencia, rabia, humillación, vergüenza, inutilidad y vejación».

El problema de la violencia verbal no radica tanto, pues, en qué se dice como en la intención, la situación y el modo en que se toman unas determinadas decisiones comunicativas. Un epíteto tan simple como «tonto» puede servir por igual para transmitir sentimientos de afecto hacia otra persona como para rebajarla y degradarla, porque el lenguaje es una herramienta de múltiples usos susceptible de ser moldeada según la circunstancia. Por eso entre los maltratadores verbales abundan los individuos instruidos, con capacidades comunicativas desarrolladas y cierto nivel cultural, que saben afilar la lengua para asestar sus golpes en el punto más vital de la pieza a la que atacan.

Pero las habilidades para ejercer la violencia verbal no se adquieren sólo con el aprendizaje de la lengua. Están en el ambiente, y tal vez también en los genes. Hay personas incapaces de articular un enunciado correcto y coherente en situaciones formales que, sin embargo, se las arreglan con una destreza diabólica para humillar a sus parejas o para hacer la vida imposible a sus subordinados mediante el uso insidioso de la palabra. No hacen falta grandes dotes de oratoria para causar daño con un insulto, una interjección de desprecio, una insinuación sarcástica o un grito. O también -el envés de la violencia verbal activa- dejando de hablar a quien queremos humillar, pues ya dijo Nietzsche que en ocasiones «la palabra más soez y la carta más grosera son mejores y más educadas que el silencio».

Medir las palabras: un viejo consejo que lo dice todo. El control de la agresividad verbal no es cuestión de modelos de lengua, sino que depende de la adecuada consideración de cada hablante hacia sus receptores. Lo que con unas personas y en unos casos es tolerable, para otros individuos y momentos puede resultar hiriente. No hay un metro con que tomar esa medida, pero sí una conciencia que nos avisa de cuándo estamos descargando nuestra ira sobre alguien de forma inmoderada. Y una razón que nos recuerda que siempre hay otra maneras más educadas, afables o al menos neutras, de decir las cosas sin causar más daño del inevitable.



 
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