Las ilusiones provocadas por la victoria del 'sí' en el referéndum estatutario del 5 de noviembre de 1933, -a excepción de Álava, donde se impuso el rechazo- se esfumaron de un plumazo. Las elecciones generales de ese mismo año dieron el triunfo a la coalición de derechas -la CEDA- que para nada quería oír hablar de estatutos, autonomías y otras cuestiones por el estilo. Es más, con los datos en la mano, los conservadores pretendieron desligar al territorio alavés de un futuro proyecto estatutario. No obstante, el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 avivó de nuevo las ilusiones. Por desgracia, el golpe de Estado del 18 de julio y su posterior conversión en guerra civil alteraron todos los planes y revolucionaron los acontecimientos hasta límites nunca sospechados.
Al final, todo fueron prisas condicionadas por una situación de emergencia. Se negoció bajo la amenaza bélica y con la conciencia -los nacionalistas por un lado y el Gobierno republicano por el otro- de que era necesario hacer concesiones si se quería cerrar filas frente a la amenaza fascista. Sin embargo, el proceso de negociación del Estatuto vasco tuvo más escenarios que el oficial. No faltaron voces desde el interior del Partido Nacionalista que cuestionaron abiertamente la alianza con los republicanos. Consideraban que, por ideología y creencias religiosas, estaban más cerca de los sublevados que de los rojos anarquistas y comunistas, ateos todos para más señas.
Anticomunista acérrimo
El final del verano de 1936 fue descorazonador. El avance de las tropas del general Mola era arrollador. El 13 de septiembre caía San Sebastián y los guipuzcoanos se prepararon en masa para abandonar su provincia. En Madrid, el Gobierno juzgaba la situación como muy delicada. El frente vasco hacía aguas y, a pesar de la inicial declaración del PNV a favor de la República, aún no existía una estrategia de defensa clara. Ni siquiera la certeza plena sobre su fidelidad a la legalidad constitucional. Fue entonces cuando, a instancias de Indalecio Prieto, el ministro de Estado Álvarez del Vayo se dirigió a la dirección jeltzale con el fin de alcanzar algún tipo de acuerdo que permitiera organizar las milicias de defensa. Pero no todo era tan claro. Algunos miembros de los sectores más críticos del PNV no se habían quedado quietos. Muchos, incluso, se habían adelantado a los acontecimientos de septiembre.
El anticomunista acérrimo José Ariztimuño, Aitzol, fue uno de los que de manera más temprana -a mediados de agosto- intentó lograr un acercamiento hacia el bando fascista. A su juicio, su catolicismo y tradicionalismo situaban al nacionalismo mucho más cerca de los carlistas sublevados que de aquellos movimientos que sustentaban abiertamente a la República. No obstante, las noticias de los desmanes y crímenes cometidos por los rebeldes le hicieron cambiar poco a poco de opinión. Él mismo fue detenido y fusilado sin contemplaciones el 19 de octubre de 1936.
A mediados de septiembre, más en concreto el día 21, el general Mola, consciente de la existencia de diferentes sintonías en el seno del PNV, envió a través de Francisco Horn una oferta de acuerdo a sus dirigentes. En ella, entre otras cosas, se ofrecía la reintegración foral a Navarra y Álava; el reparto de la futura organización política entre nacionalistas, carlistas y monárquicos; la anulación de represalias y la autorización para que regresasen los desplazados. El Euskadi Buru Batzar estudió la oferta aunque la propia actitud de Mola, que mandó bombardear Bilbao los días 25 y 26 de septiembre; la llegada de una importante carga de fusiles -20.000-, para el futuro ejército vasco y la buena disposición del gobierno republicano en cuanto a la tramitación del Estatuto, dilataron las negociaciones con los rebeldes hasta dejarlas en nada.
De forma paralela a estas co-rrientes ocultas se produjeron los contactos oficiales en Madrid. El 15 de septiembre desembarcó en la capital la delegación vasca -Francisco Basterrechea, José Antonio Aguirre, Juan Ajuriaguerra y Andrés Arzelus- encargada de negociar el futuro Estatuto. Prieto fue el primer contacto en Madrid que tuvieron los nacionalistas, para quienes no era posible llegar a ningún acuerdo si el gobierno republicano no cristalizaba de una vez por todas el Estatuto. La importancia del asunto hizo que Indalecio Prieto delegase las conversaciones en el presidente del Gobierno, Largo Caballero, quien se mostró partidario de conceder la au- tonomía siempre y cuando fueran las Cortes republicanas las que sancionaran el texto.
Hotel Panamá
Por fin, el 23 de septiembre se llegó a un acuerdo. Tan sólo había que esperar a que las Cortes se reunieran. Mientras tanto, se negoció duramente la cuestión del futuro lehendakari. ¿Quién habría de ser? Los socialistas querían uno de su partido aunque, tras escuchar la postura de Indalecio Prieto, para quien un lehendakari nacionalista otorgaría un rostro mucho más moderado hacia el exterior por su conservadurismo y catolicismo, se llegó al acuerdo de apoyar al candidato jeltzale.
Los buenos resultados empezaron a fructificar el 25 de septiembre. Manuel de Irujo fue nombrado ministro sin cartera del Gobierno republicano. Esto obligó a establecer una delegación vasca en Madrid cuyo cometido fue, sobre todo, la protección del nuevo ministro. Se alojó en el Hotel Panamá y contó de forma permanente con una escolta formada por tres pelotaris y un boxeador.
El 1 de octubre tuvo lugar, en Madrid, una sesión excepcional de las Cortes con el objeto de aprobar el Estatuto. En su intervención, José Antonio Aguirre dijo: «Planteado el problema, nuestra posición fue clarísima: luchando la democracia contra el fascismo, el imperialismo contra la libertad vasca, el Nacionalismo había de colocarse, como siempre en nuestra historia se colocó, al lado de la democracia y de nuestra libertad». El pacto estaba sellado y el apoyo de los nacionalistas a la legalidad republicana era un hecho. El Estatuto ya era una realidad.