El condado de Lancaster, en Pensilvania, es uno de esos parajes que evoca una América rural, sencilla, como sacada directamente de un cuadro de Norman Rockwell. Una estampa pacífica y lenta reforzada por la presencia de una activa comunidad amish, la agraria secta empeñada en dar esquinazo a la actualidad y los tiempos modernos. Pero ayer, esa tendencia tan estadounidense de la violencia armada en centros escolares se materializó ayer con toda su injusta brutalidad en la localidad de Nickel Mines, a unos ochenta kilómetros al oeste de Filadelfia.
En torno a las diez de la mañana, un individuo identificado por las autoridades como Charles Carl Roberts -de 32 años y que trabajaba como conductor de un camión de leche en la zona- irrumpió armado con una pistola automática y un escopeta en un pequeña escuela de los amish. Tras permitir la salida de quince alumnos, una mujer embarazada y otras tres madres con bebés, el individuo sin aparentes antecedentes criminales retuvo a una docena de niñas como rehenes, colocándolas en fila contra la pizarra.
Cuando oficiales de la Policía estatal acudieron al centro escolar de una sola clase, situado entre campos de cultivo, se encontraron con las puertas bloqueadas por tablones. Sin poder evitar que el enajenado, que no era miembro de los amish, disparase mortalmente a cuatro de las alumnas antes de suicidarse. Otras seis niñas fueron ingresadas en centros hospitalarios de la zona, al menos dos de ellas en estado crítico.
Jeffrey Miller, comisionado de la Policial estatal, informó que el responsable de esta matanza habría llamado a su esposa por teléfono móvil para comunicar que estaba actuando «como venganza por algo que había ocurrido hace veinte años». Cumpliendo con su amenaza de empezar a disparar en cuestión de diez segundos si los efectivos policiales no se retiraban.
El suceso de Pensilvania es el tercer tiroteo mortal registrado en un centro escolar de Estados Unidos en lo que va de curso. Este viernes, John Klang, director de un colegio en la localidad de Cazenovia (Wisconsin), fue acribillado a balazos por un estudiante de quince años, con problemas de integración y supuestamente molesto por una reciente regañina al haber traído cigarrillos a clase. Ahora, el menor identificado como Eric Hainstock se enfrenta a una cadena perpetua por asesinato premeditado en primer grado.
Toma de rehenes
Dos días antes, un vagabundo armado con dos pistolas también logró tomar como rehenes media docena de jovencitas estudiantes de bachillerato en un 'high school' de la localidad de Bailey, en el Estado de Colorado. Tras quedar interrumpidas las negociaciones en curso, un equipo policial de operaciones especiales intentó acercarse al aula donde el individuo se encontraba atrincherado y había abusado sexualmente de sus aterrorizadas víctimas. Antes de suicidarse, el sujetó identificado como Duane Morrison disparó mortalmente a una de las estudiantes, Emily Keyes que acaba de cumplir 16 años.
Las instituciones policiales de Estados Unidos vienen realizando un esfuerzo especial para responder a este tipo de violencia escolar. Al igual que educadores, sobre todo en colegios públicos, también han puesto un mayor énfasis en materia de prevención aunque las subvenciones federales para estos programas se hayan visto reducidas significativamente desde el 2001.
El consenso de especialistas resalta lo difícil que resulta impedir que un extraño o un alumno protagonicen un suceso de violencia armada en cualquiera de los centros que albergan a los 52 millones de niños escolarizados en Estados Unidos. Como ha recordado Kenneth Trump, presidente de una firma consultora especializada en protección de colegios, «la seguridad perfecta es un mito, desde la Casa Blanca hasta nuestras escuelas». Recordando que en lo que va de este curso escolar, su firma ha contabilizado casi una veintena de incidentes con armas de fuego en centros escolares.