Hace un lustro, los británicos Gallon Drunk metieron a unas 60 personas en la Jam de Bergara. El martes, un centenar de valientes se animaron a zambullirse en el rock alcohólico de James Johston y sus tres elegantes secuaces. Quizá acudieran los suficientes espectadores para cubrir gastos, pero menos de los que merece la banda. Hay muchas razones para que la peña deserte de los bolos: que no hay pasta ni resistencia física para tantos eventos, que no todo en la vida es el rock, que la lluvia vespertina cortaría el vacilón a más de uno y lo que alegó otro a la mañana: «No iré porque hay telonero y porque entre semana los bolos deberían comenzar a las ocho». No le falta razón.
Bueno, el caso es que hasta diciembre hay mogollón de bolos interesantes en la provincia y uno de ellos era el de Gallon Drunk. Los londinenses, sin perder la compostura ninguno excepto el líder, que se encorvaba sobre el micrófono cual Quasimodo con la guitarra colgando y el flequillo desmelenándose, ejecutaron rock visceral con los instrumentos habituales más un piano dramático, un saxo a veces free y unas maracas serpenteantes.
Su repertorio gustaría a grupos vascos como Eureka Hot 3 o Atom Rhumba por manejar la agitación febril de Jon Spencer, el funk negroide de Delta 72, los dibujos de Frank Zappa, los melodramas góticos de Nick Cave, la no wave chillona o el soul descarnado, ingredientes ovacionados por la selecta audiencia.