Los patos del parque vuelven hoy donde solían. Recordarán ustedes que hace unos meses y como medida precautoria ante la posible llegada de la epidemia de peste aviar, los famosos patos del parque de Doña Casilda y los menos celebrados de Txurdinaga fueron trasladados a otro lugar. Las señales de alarma se habían encendido al aparecer dos patos muertos a finales del pasado mes de febrero.
Los dos patos la habían palmado (este verbo le viene especialmente bien a una palmípeda) por su propia cuenta. No fue la suya una muerte que podamos calificar de 'colectiva', pero la medida de encerrar las aves era razonable. Otro tanto se había hecho en Madrid, Murcia, Sevilla, Granada y Santander, pongamos por caso.
Los patos habían sobrevivido a algunos retos. Hace algunos años fueron víctimas de las incursiones nocturnas de algunos desaprensivos a los que, con lenguaje excesivamente complaciente, calificamos entonces de 'gamberros'. El Ayuntamiento, a través de su concejalía de salud, hubo de protegerlos del público en general que, con buena intención, acudía al estanque con la intención de echarles comida. Dados nuestros hábitos dietéticos, no es improbable que la ingesta diaria de una parte de la merienda de nuestros niños les convirtiera el hígado en foie gras sin necesidad de procesos más complejos y violentos.
Estrés por la mudanza
El traslado no fue un viaje de placer para los patos y las patas. Estas dejaron de poner huevos de manera radical, cosa del estrés, se dijo entonces, las mudanzas siempre lo producen. El caso es que los patos vuelven hoy a su parque, aunque con bajas. La quinta parte de las aves, cisnes, pavos reales, gansos, ocas, ánsares caretos, ánades reales y silvones, porrones moñudos y patos mandarín y cuchara ha fallecido durante su exilio.
El concejal del tema acertó al explicar el asunto en clave identitaria: «Me duele que no haya patos en el parque. Los bilbaínos hemos perdido un signo de identidad. Pensamos poner peces, pero no es lo mismo». Los patos vuelven a Doña Casilda. Ya somos más nosotros.