Ya estábamos acostumbrados a la idea de que el mercado es sordo y ciego de nacimiento y cuando una empresa pierde competitividad o carece de ella desde el mismo momento en que se gestó, no hay dios que la salve, a no ser esa forma de maná que es el dinero público. Bueno, en rigor, la mayor parte de ellas no habría llegado a nacer si no fuera por esa pasta gansa, que, al decir de la ministra de Cultura, «como es público, no es de nadie».
El caso es que hace ya unos cuantos años se constituyó en la margen izquierda la empresa Ibae Adebi, una agencia de desarrollo comarcal para dar marcha a las nuevas tecnologías e impulsar la formación y el empleo. Gaztenet, su creación estrella en el campo tecnológico, dio la posibilidad de abrir su espacio en Internet a pequeñas empresas, colegios, asociaciones, clubes y particulares.
La iniciativa era modélica y el éxito social de la misma, considerable. Y así venía funcionando el asunto hasta que, de repente, sobrevino el apagón informático que dejó fuera de la red y sin correo electrónico a unas 25.000 personas y entidades que habían confiado su relación con Internet, lo que hoy equivale a decir su relación con el mundo, al dominio Gaztenet. Y sin previo aviso. Esto quiere decir que la mayor parte de los abonados habrán perdido también toda la información de su web, y que, por añadidura, deberán gastarse un dinero adicional en hacer una nueva, que ya no contendrá la información de la anterior.
Los ayuntamientos de la margen izquierda contaron con la ayuda del Gobierno vasco y la Diputación para poner en marcha esta iniciativa. Representantes de ambas instituciones se apuntaron a la rueda de prensa y la foto del arranque del proyecto. Luego, cada uno montó su proyecto: el Gobierno vasco KZ Gunea y la Diputación sus behargintzas, y abandonaron Gaztenet.
Los 25.000 damnificados tienen motivos para el cabreo y el común del personal para la perplejidad. La competencia que acabó con ello ha sido sufragada por el mismo dinero público, que es el de todos, justo al revés de lo que cree Carmen Calvo.