OLMO Las películas del oeste ('western' en idioma fino, cursi y elegante) han evolucionado mucho desde los años treinta. Pero, aunque han alcanzado gran categoría cinematográfica, nunca despertarán la emoción, el entusiasmo, incluso diría que el frenesí que despertaban en los chavales aquellas películas de los años treinta que se proyectaban en la sesión dominical infantil del desaparecido Salón Vizcaya.
Aquellas primeras películas de vaqueros que hicieron famosos a héroes como Tom Mix, Tin McCoy, Bob Steele o Ken Maynard (a todos les he visto realizar sus proezas a pie y a caballo) transmitían al espectador infantil de aquellos años unos sentimientos indescriptibles que no han alcanzado ni creo que alcanzarán nunca las superproducciones actuales con los mejores artistas de Hollywood.
Aquellas películas que los niños de antes de la guerra íbamos a ver con nuestra mejor ilusión participativa en las sesiones infantiles de las tres de la tarde en el Vizcaya eran para nosotros una aventura casi tan emocionante como las que vivían los actores de la pantalla.
En aquellas películas se inventó la popular denominación de 'el chico bueno' y 'el chico malo', el bueno y el malo por antonomasia, y todas ellas tenían dos escenas imprescindibles en las que participaba todo el público del salón: las peleas entre el chico bueno y el chico malo y, sobre todo, la carrera a caballo del malo perseguido por el bueno.
En las peleas (que siempre ganaba el bueno, naturalmente) los espectadores coreábamos cada puñetazo que soltaba el protagonista con estruendosas onomatopeyas y, al final, cuando el malo quedaba en el suelo, nos erigíamos en árbitro del combate contando «uno... dos... tres...» y así hasta diez, momento en que todos saltábamos lanzando un estruendoso grito de «¿Campeoooón!».
Pero donde el entusiasmo participativo se desbordaba era en las persecuciones, que coreábamos animando al chico bueno de forma tan desaforada que los dueños de la sala, ante el peligro de demolición, tenían que cortar una o dos veces la película y encender las luces para que los acomodadores apaciguasen al enardecido público infantil sacudiendo estopa con una vara.
Aquella emoción se ha perdido para siempre. Los niños de hoy han sustituido el entusiasmo por palomitas de maíz.