'Sara', una macaco de origen africano, volvió a nacer hace seis meses. Su desembarco en el parque de El Carpín, en Carranza, sirvió para que empezara a olvidar una retahíla de penurias que la habían transformado en un animal demasiado humanizado. La simio llegó a padecer graves trastornos psíquicos y físicos, que sólo ha podido desterrar tras recibir un cuidadoso tratamiento. Su recuperación ha sido espectacular: la macaco, que tiene seis años, está ahora totalmente rehabilitada, se ha reencontrado con su hábitat y ha experimentado por primera vez la sensación de relacionarse con animales de su especie.
Pero hasta aterrizar en Carranza, 'Sara' estuvo condenada a recorrer un largo viaje jalonado por una cúmulo de peripecias. Con dos años, fue capturada en Marruecos. Desde allí, pasó ilegalmente a España y durante meses vivió en casa de una familia de Jaén. Pronto se convirtió en su mascota. «Le daban dulces y los restos de la comida porque pensaban que eso era lo que debía comer», explica Pedro Abad, cuidador del parque. Entonces la macaco dejó de comportarse como un simio para iniciar un proceso de humanización que la condujo a un callejón sin salida.
Sus padres adoptivos pronto comprendieron que 'Sara' estaba lejos de ser un animal doméstico. «Es muy común que las personas acojan en sus casas a macacos como si fueran mascotas.» -explica Pedro- «Pero cuando éstos comienzan a comportarse de manera agresiva, se desprenden de ellos». Y así ocurrió con 'Sara'. De Jaén pasó a recorrer el país sentada en el asiento de copiloto de una furgoneta. Y es que su nuevo dueño, camionero de profesión, la hizo su compañera de viaje.
Atada a un árbol
Pero en uno de los periplos por Barcelona, la macaco se escapó del camión. Su próximo destino sería una perrera municipal, donde se agravó su situación. Allí, acabó la poca libertad con la que contaba. Con el fin de neutralizar su instinto agresivo, los dueños de las instalaciones la ataron a un árbol. Empapada por una fuerte tormenta y con graves traumas psicológicos se la encontró un día Laura Riera, voluntaria de la Fundación Mona.
Pronto entendió que era indispensable que 'Sara' cambiara sus precarias condiciones de vida. «En la perrera, por ignorancia, pensaban que estaba recibiendo la alimentación correcta cuando no era así», recuerda Laura. Las consecuencias fueron graves: la macaco padeció severos problemas psíquicos y físicos. Los movimientos incontrolados de brazos y pies y los mordiscos en las manos eran la tónica dominante. 'Sara' había caído en una profunda depresión. «Ella no sabía ni siquiera que era una mona, porque siempre la habían tratado como a una persona». Incluso llegó a recibir tratamiento para humanos para curar sus trastornos psicológicos. «Cuando la vi por primera vez, estaba tumbada en el suelo y ni se movía», rememora la voluntaria. Arañarse la cabeza y arrancarse el pelo eran otras de sus costumbres más comunes.
Laura inició un largo recorrido en busca de una centro capacitado para acoger a la macaco. Llamó a la puerta de más de 50 parques de recuperación de animales de Europa y África. Pero no tuvo respuesta. Hasta que El Carpín aceptó el reto. «Si no la traemos, hubiera muerto», concluye.