Tras dos largos años de incertidumbre, la guerra europea se transformó en un negocio redondo para Vizcaya. Solventados los primeros problemas, derivados de los temores a una intervención española en el conflicto, los capitalistas vizcaínos se percataron con rapidez que la ruina y el caos podían llegar a ser tremendamente productivos si se les trataba con la pericia empresarial que requerían. Así, en 1916, Bilbao se elevó a lo más alto. Las exportaciones se dispararon y el sector industrial que hasta ese momento había estado vinculado casi en exclusiva al mercado interno manifestó una expansión hacia el exterior que ni los más optimistas podrían haber imaginado nunca. Las otras gran beneficiadas por aquel febril clima de entusiasmo económico fueron las navieras.
No sólo se convirtieron en los principales transportistas de una Europa en guerra, sino que consiguieron unas cotas de construcción naval impresionantes. Aunque el coste fue elevado. En septiembre de 1916 se afirmaba que a Bilbao se le habían ido a pique 125.000 toneladas como consecuencia de los ataques de los submarinos alemanes y austriacos. A esto se añadían las 10.111 toneladas perdidas a causas de diferentes accidentes marítimos. Todo ello se traducía en un total de 44 millones de pesetas. Y, sin embargo, el negocio fue redondo.
Un puñado de familias
Para la banca local, también fueron años dorados. En julio de 1916, El Pueblo Vasco afirmaba que «los bancos de Bilbao eran un reflejo del estado de prosperidad de la plaza, como también los de San Sebastián». El Banco de Bilbao experimentó un aumento de 135,92 millones de pesetas con respecto al periodo anterior; 48,45, el de Vizcaya; y 33,94, el de Comercio. Sólo en el primer semestre de 1916, los beneficios fueron astronómicos. El Banco de Bilbao se embolsó 1.696.226 pesetas, 225.054 pesetas más que en el mismo periodo del ejercicio anterior. Y al mantener el reparto de dividendos en el mismo porcentaje -un 7 %- hizo que llevase a reservas y amortizaciones la nada despreciable cifra de 350.000 pesetas. El Banco de Vizcaya se anotó 887.700 pesetas de ganancias y las del Banco de Comercio alcanzaron las 443.000. Para el Crédito de la Unión Minera, aquellos años fueron de estabilidad tras la suspensión de pagos declarada en 1914. Aunque, a decir verdad, la recuperación fue sospechosamente rápida, ya que para 1915 la entidad operaba con normalidad. Un año después, su balance sumaba 143,30 millones de pesetas, con unos beneficios netos de 151.281.
Vizcaya se rindió satisfecha a la riqueza. Toda una época dorada con nombres propios. Un puñado de familias, entre las que se encontraban los Arteche, Zubiría, Chávarri, Gandarias, Zárate, Sota, Aznar, Echevarrieta, Ibarra, Aresti, Urquijo, Basterra y Ussía, concentraron la mayor parte de los beneficios y glorias conseguidas en aquella época. Ante semejante avalancha de oportunidades para hacer dinero, muchos pequeños y medianos ahorradores se animaron a invertir en acciones -sobre todo, de las navieras-, y vieron cómo en poco tiempo pasaban de ser gentes normales a nuevos ricos. Bilbao cambió de forma brutal. Las mentalidades se urbanizaron y los defensores de las tradiciones observaron cómo la modernidad crecía en las conciencias al mismo ritmo que lo hacían los beneficios. Incluso los indicadores demográficos fueron prueba evidente del cambio. Entre 1885 y 1915, Bilbao pasó de contar con 40.835 habitantes a 101.543. Más de sesenta mil almas en sólo treinta años. El socialista Julián Zugazagoitia describió aquel ambiente de euforia y progreso en su novela 'El Botín': «Mientras Europa se extenuaba en tierras de Bélgica y Francia, Bilbao se complacía en los trabajos y artes de la paz y en sus negocios consiguientes. Un numen generoso y abundante protegía a la Villa. ¿Jauja? Jauja, fue Bilbao».
Esta situación de ensueño, traducida en riqueza y trabajo para todos, era interpretada de múltiples formas fuera de Vizcaya. Tanto se habló del nuevo Bilbao y de su abundancia de capital que un periódico madrileño afirmó que debido a la guerra era tanta la cantidad de oro que había en la villa que se reflejaba en todo lo que se hacía «dando lugar a continuos alardes de lujo y de superfluidad entre las clases plutócratas».
Oro por las calles
Se llegó a señalar que «el oro rodaba por las calles, las carteras salían de los bolsillos henchidas de billetes y en los círculos aristocráticos el champán gotea por los veladores...». Sin embargo, semejante volumen de negocio se vio amenazado pronto. Ese mismo año, el Gobierno, a instancias del ministro de Hacienda, Santiago Alba, aprobó un proyecto de ley cuya finalidad no era otra que gravar los beneficios. Quien más se embolse más deberá pagar, pareció ser la divisa de aquella medida. Fue una idea perfecta para amargar la fiesta a más de uno. Y no sólo en Vizcaya. La burguesía catalana también puso el grito en el cielo. Al final, tras arduas negociaciones y presiones, el frente capitalista vasco-catalán se salió con la suya. Hacienda no habría de quitarles más de lo que ellos considerasen que era justo.
Así las cosas, en aquel país de Jauja que fue Bilbao, las iniciativas empresariales se vieron reforzadas por una coyuntura que prometía dinero a espuertas. En 1918, un importante sector de capitalistas industriales, precisamente los más beneficiados con el negocio de la guerra, fundó el Banco Urquijo. También la plantilla industrial se vio ampliada ese año con la creación de la Babcock Wilcox. En definitiva, los años de la Primera Guerra Mundial fueron una época de bonanza para Bilbao y la provincia. Tiempos de vacas gordas a las que se les estrujó al máximo. Las flacas llegarían, como imponía la ley del mercado, más tarde.