Los socialistas catalanes están pendientes de la participación electoral el 1 de noviembre. Saben que si la sociología de los votantes de ese día se asemeja a la de quienes acudieron a votar a favor del referéndum el pasado 18 de junio la victoria convergente podría resultar inapelable. La facilidad con la que en dicha jornada CiU movilizó a sus bases electorales, reivindicando para sí el logro de un nuevo Estatuto de autonomía, representa un mal augurio en una convocatoria autonómica. A pesar de ello, los dirigentes del PSC se muestran confiados en que el desarrollo de la campaña está corrigiendo la ventaja inicial que las encuestas previas a la misma concedían a Artur Mas. Si eso es así se deberá al retraimiento de la euforia convergente, no tanto a los méritos socialistas. José Montilla no acaba de afianzarse como candidato, al tiempo que antes y durante la campaña se ha puesto en cuestión su imagen de buen gestor. Rodríguez Zapatero ha aparecido lo suficiente como para arrogarse la clave del triunfo si las cosas le salen bien al PSC e imputar a Montilla y a los suyos la culpa en caso de fracaso. El president Maragall se ha situado en un plano tan secundario que su aportación se ha reducido a la convocatoria de los comicios en un día de tan inciertos efectos en el comportamiento electoral como el de Todos los Santos y el apoyo que ayer prestó a Montilla subrayando públicamente que es un candidato «escueto».
Montilla cifra sus esperanzas en que el PSC no baje de 40 escaños -obtuvo 42 en las últimas- y CiU no obtenga 50 o más -fueron 46 en 2003-. Ese margen de diez o menos delimitaría el campo de maniobra socialista para hacerse con la presidencia de la Generalitat. Por el contrario, de confirmarse los peores pronósticos -que señalan diferencias de 13 o más escaños- el PSC difícilmente podría eludir una eventual invitación de CiU para gobernar juntos. Porque el paso a la oposición en ningún caso podría garantizar al PSC su retorno al pasado: al reparto del poder catalán, con la Generalitat para CiU y los ayuntamientos para los socialistas. Un fracaso electoral el 1 de noviembre pondría en serio peligro la Alcaldía de Barcelona. Y no sólo eso. El propio partido se resentiría internamente con la subsiguiente devaluación del hasta ahora indiscutido liderazgo de Montilla y las consabidas llamadas de los maragallianos a Maragall -que continúa siendo el presidente de dicha formación- para que enderece el rumbo a su estilo.
La sospecha de que Rodríguez Zapatero contempla la liza electoral catalana con la seguridad de obtener ventaja de cualquiera que sea el ganador tampoco puede ocultar el impacto que la suerte que corra la candidatura de Montilla tendrá en el conjunto del PSOE. Sea la vuelta a la oposición, sea su entrega a la opción 'sociovergente' o sea la reedición corregida y embridada del tripartito, nada de lo que ocurra con el PSC será inocuo para el socialismo español a meses vista de las municipales y autonómicas. Porque, en definitiva, la cita del próximo mes representa un test sobre la fortaleza o debilidad de una organización clave para el PSOE y su continuidad en el Gobierno. k.aulestia@diario-elcorreo.com