Domingo, 29 de octubre de 2006
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La caída de alumnos fuerza los primeros cierres de titulaciones universitarias
En sólo ocho años hay 250.000 matriculados menos, y en 190 carreras ofrecidas por centros públicos no llegan a 10 los inscritos en primero
La caída de alumnos fuerza los primeros cierres de titulaciones universitarias
MINORÍA. Alumnos de la Universidad Católica de Ávila, una de las más pequeñas de España. / EL CORREO
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De la masificación a las clases particulares. En una generación, la Universidad española ha pasado de hacinar estudiantes en las aulas y permitirles el uso de laboratorios sólo unas pocas horas por la falta de equipamiento para todos ellos, a tener grupos con un solo alumno en un puñado de titulaciones. Es la consecuencia lógica de la caída del número de jóvenes de entre 18 y 22 años: en una década, han bajado de 3,3 a 2,6 millones. Y de la multiplicación del número de universidades (en 1996 había nueve privadas, hoy existen 22) y titulaciones. Una combinación que sitúa a los centros de enseñanza superior 'presenciales' ante un reto de gran entidad: el de captar alumnos en un colectivo cada vez menor o replantearse algunas carreras. La Universidad española, que en los ochenta se enfrentó a un crecimiento desmedido, hoy se prepara para reducir su dimensión. Hasta hace poco era un tema tabú, pero ahora ya hay quien se atreve a vaticinar en voz alta lo que muchos temen: que el cierre de titulaciones que hasta ahora se ha dado de forma muy aislada en algunas universidades privadas no se va a quedar ahí. En Andalucía ya estudian esa posibilidad en las públicas.

Los demógrafos lo habían advertido a comienzos de los noventa cuando la llegada masiva de jóvenes a las aulas universitarias creó un gravísimo problema de masificación: en quince años las promociones descenderían a gran velocidad. Hicieron pleno: hay 700.000 jóvenes de 18 a 22 años menos que hace una década. Y dentro de cinco años la cifra se habrá reducido en otros 300.000.

España tiene hoy el tercer mayor porcentaje mundial de ciudadanos con estudios universitarios en la población de 24 a 34 años: el 26%, por detrás de EE UU y Canadá. Por eso, no cabe esperar que aumente el porcentaje de jóvenes que van a la Universidad. Más bien lo contrario: una potenciación de la Formación Profesional podría restarle alumnos. A corto plazo, la inmigración tampoco contribuirá a generar más estudiantes.

La consecuencia de esa caída demográfica es que el conjunto de las universidades españolas denominadas 'presenciales' (quedan por tanto excluidas la UNED y la Oberta de Catalunya) ha perdido alrededor de 250.000 estudiantes desde 1998, el año de mayor volumen de matrículas. De forma paralela, se ha multiplicado el número de universidades y de titulaciones. Muchas de las públicas se crearon en los ochenta, en coincidencia con la transferencia de las competencias a las autonomías y cuando el número de estudiantes crecía de forma acelerada. Pero el gran 'boom' de las universidades privadas es reciente: en 1996 sólo había 9 y hoy son 22. Sumadas a las públicas, las del tipo 'presencial' alcanzan la cifra de 69. Con las titulaciones pasa algo parecido. En total, hay 140 y se imparten aproximadamente 2.800 veces. Un ejemplo: la licenciatura en Económicas existe en casi medio centenar de facultades españolas.

Desequilibrio

«El problema no es que sobren universidades, sino que todas hacemos lo mismo». El diagnóstico es de Juan Antonio Vázquez, rector de la Universidad de Oviedo y presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE). Así se explica «un desequilibrio que no conviene que se acentúe», advierte Vázquez, porque lo que sucede ahora es que en algunas titulaciones serían necesarias más plazas, mientras en otras las aulas están vacías.

No es una metáfora: en el curso 2004/5, 190 titulaciones de las universidades públicas tuvieron una demanda para su primer curso inferior a diez alumnos. En 2002, último año para el que hay resultados detallados de las universidades privadas, éstas matricularon en once titulaciones cinco o menos alumnos en primero. En carreras como Medicina, en cambio, todos los años quedan fuera muchos aspirantes. El problema es cómo asignar mejor los recursos existentes. «A corto plazo es difícil hacerlo, porque hay muchas rigideces en cuanto a profesores e instalaciones», explica Félix García, secretario general del Consejo de Coordinación de Universidades. Y también porque las universidades nuevas, aún a sabiendas de que van a tener problemas para conseguir alumnos, ponen en marcha ciertas titulaciones por razones de prestigio. «¿Cómo no vamos a tener una licenciatura de gran tradición, como Derecho?», se pregunta Enrique Fernández, vicerrector de Ordenación Académica de la Universidad Camilo José Cela, una de las de más reciente creación y de las más pequeñas.

Multiplicando titulaciones no siempre necesarias y manteniendo contra viento y marea otras se ha llegado a situaciones manifiestamente insostenibles a medio plazo. Por eso, algunas universidades privadas han asumido que carece de sentido tener carreras para las que no hay alumnos. «Hace más de veinte años que nosotros no cerramos ninguna, pero no mantendríamos una si tiene un solo alumno, porque eso significa que no hay demanda», reconoce Alfonso Sánchez-Tabernero, vicerrector de Comunicación Institucional de la Universidad de Navarra.

¿Es el cierre la única solución? La Junta de Andalucía, a cuyo cargo hay nueve universidades, ya ha abierto el debate sobre la conveniencia de renunciar a las titulaciones que en dos años consecutivos no tengan al menos 15 alumnos en primero. Dentro y fuera han surgido las primeras voces críticas. «Establecer un mínimo de matrículas para no cerrar una titulación es peligroso por lo que tiene de identificación entre la Universidad y la docencia», argumenta Juan Ignacio Pérez, rector de la del País Vasco. A su juicio, liquidar titulaciones supone desmontar equipos investigadores, que cuando son buenos generan saber y prestigio, y al mismo tiempo eliminar la cantera, de forma que si luego esa carrera vuelve a tener demanda será preciso esperar varios años para ponerla en marcha.

Cuestión de recursos

El Gobierno central no impulsará ningún acuerdo que suponga fijar mínimos. «Hay estudios que deben mantenerse aunque la demanda sea muy baja», explica Félix García. ¿Qué hacer entonces para que el sistema llegue de nuevo a su punto de equilibrio? El Ministerio entiende que lo primero es conocer si los recursos que se destinan a la Universidad son suficientes y están empleados de la forma más eficaz. Por ello, en diciembre presentará a los centros y las autonomías un informe sobre financiación que permitirá saber el coste exacto de cada titulación. Algo nada sencillo, porque las universidades pequeñas pueden ajustar mucho sus presupuestos a un bajo número de alumnos, pero hay gastos que varían muy poco con la dimensión, como las bibliotecas, las instalaciones deportivas o la instalación de un sistema 'wi-fi' para acceso a Internet.

Salvado el problema de la asignación de los recursos, todos los miembros de la comunidad universitaria destacan que en el futuro sólo serán atractivos los centros que presenten una oferta de calidad. No es la única condición, pero sí es importante para ello una proporción adecuada entre alumnos y profesores. En 2005, en las universidades públicas, había 16 alumnos por profesor, frente a la media de la OCDE, que era de 14,9. «La situación que tenemos ahora en ese aspecto es una bendición comparada con la anterior, y es la idónea de cara a la puesta en marcha del espacio europeo de educación superior», aclara Juan Ignacio Pérez. El presidente de la CRUE va más allá que el rector de la UPV y cree que todavía debería bajar un poco más esa proporción.

Calidad es también especialización. Las universidades mayores correrán menos riesgo, porque todas son generalistas. Pero el resto deberá acertar en sus apuestas. Si logran que sus títulos tengan gran valor en el mercado, estarán salvadas. «No es lo mismo un grado en Harvard que en otro lugar de cara a la inserción laboral», explica muy gráficamente Jaime Oraá, rector de Deusto. El prestigio lo dan la calidad de la docencia y la investigación, y también la capacidad para ofrecer títulos nuevos, que se adapten bien «a las necesidades formativas para los perfiles académico-profesionales del siglo XXI», detalla Oraá. Títulos que a veces serán híbridos de otros ya existentes, lo que permitirá también que profesores que hoy imparten docencia en una titulación con muy pocos alumnos se incorporen a otra de más demanda. Una condición previa, como explica Vázquez, es terminar con algunas rigideces respecto a áreas de conocimiento que hoy suponen compartimentos estancos.

Y para las titulaciones muy minoritarias, la estrategia puede ser la concentración en determinados centros. Si en primero de una carrera sólo hay seis matrículas en una facultad y otras tantas en otra próxima, lo adecuado sería reunir a los doce en uno de los dos centros y cerrar el otro, aunque haya que becar a todos los alumnos que deban trasladarse, coinciden los rectores. Ello requeriría de acuerdos entre universidades, que no serían difíciles cuando pertenezcan a la misma comunidad autónoma. Más improbables parecen en el caso de universidades ubicadas en diferentes autonomías, porque entonces se cruzarían intereses políticos. Y, como confiesa un alto responsable académico que pide no ser identificado, cuando hay atribuciones de competencias de por medio, lo evidente no siempre es lo más fácil de ver, aunque lo que esté en juego sea el futuro de la Universidad.

 
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