«No sé cómo empezó todo». Con estas palabras arranca la historia de Inma, una vizcaína de 54 años que durante más de diez vio cómo su vida se veía alterada por el excesivo consumo de comida. Su jornada laboral le permitía tener las tardes libres, pero ella no las disfrutaba, sino todo lo contrario. Su agonía comenzaba con un simple 'picoteo'.
«Al principio era una nuez. Luego, seguía con cualquier cosa que me encontrara. Cuando me quería dar cuenta ya me había tirado toda la tarde comiendo y ya era la hora de la cena. Por supuesto, la hacía como si no hubiese tomado nada», relata. A pesar de que su marido y sus hijos le pedían repetidamente que intentase controlarse, para ella esa era una tarea colosal. Trató de frenar su obsesión de mil formas. «Me gasté un dineral en herboristerías y proteínas, hasta acudí a un especialista de Vitoria. Nada sirvió. Sólo subían los kilos y bajaba la autoestima», reconoce.
Un día se topó con un anuncio de Comedores Compulsivos. «Había tirado la toalla, pero me dije: ya que es gratis, voy a probar». Acudió a la primera reunión y se dio cuenta de que era su sitio. «No te sientes juzgada porque todos saben lo que estás pasando». Desde entonces no falla a ninguna reunión. Ha perdido diez kilos y todavía le quedan cinco, pero como dice, ha «vuelto a nacer».