Lunes, 30 de octubre de 2006
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CULTURA

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El nuevo Baroja de siempre
La última edición de las memorias del autor incluye dos inéditos, 'Rojos y blancos' e 'Ilusión y realidad' Hoy se cumplen 50 años de su muerte
El nuevo Baroja de siempre
EL MÁS LEÍDO. Los libros de Baroja han resistido muy bien el paso del tiempo.
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TRAYECTORIA
Pío Baroja y Nessi nació en San Sabastián el 28 de diciembre de 1872.

Su familia era de la clase media y tenía muchos intereses artísticos y literarios.

En octubre de 1896, Baroja presentó su tesis doctoral a la facultad de Medicina de Madrid, llamada "El dolor: estudio psico-físico", y luego trabajaba como médico por unos años.

Durante su carrera larga como escritor, Baroja firmó cerca de 100 libros.

Antes de su muerte el 30 de octubre de 1956, Ernest Hemingway - ganador del Premio Nobel en 1954- visitó al novelista vasco y le presentó sus respetos.

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Pío Baroja murió hoy hace 50 años delirando con los exámenes de la facultad de Medicina y la figura del profesor Letamendi, un ogro que intentó amargarle la vida. No fue ésta su única obsesión. A los 63 años ocurrió un acontecimiento que tuvo para él un regusto tan agrio como la bilis de Letamendi: el estallido de la Guerra Civil. A este episodio volvió una y otra vez. La última, en 'Rojos y blancos', un texto inédito ahora publicado por Tusquets y Caro Raggio con la edición de Fernando Pérez Ollo, e incluido en el tercer y último tomo de sus memorias, 'Desde la última vuelta del camino'.

Los requetés quemaron los libros del casino de la Unión Republicana de Bera de Bidasoa, algunos donados por su familia. Días antes había llegado en autobús la «gente obrera». «Al pasar por delante de las casas levantaban el puño cerrado en ademán de animosidad y cantaban con furia, aunque desafinando horriblemente, 'La Internacional'». Más tarde Baroja se va con el doctor Ochoteco y un policía hasta Santesteban, también en Navarra, para ver el movimiento de tropas. Les detienen, les liberan, se tiene que ir a Francia.

A esta secuencia de hechos vuelve Baroja una y otra vez desde el final de la guerra en 1940. En todas sus versiones se percibe la misma amargura, la desolación de quien se sintió asediado por uno y otro bando. Los «socialistas de Irún» le decían que él les había explotado. «¿Explotarles, yo? Pero ¿cómo? ¿En dónde?», se preguntaba Baroja, incapaz de explicarse cómo un escritor, que ganaba los 300 francos que le pagaba el diario 'La Nación' de Buenos Aires, podía machacar a su prójimo. «Volveremos, iremos a Vera y quemaremos su casa», le contestaron.

Un carlista le dice que pudieron matarle y no lo hicieron. «¿Qué heroicidad! También uno ha podido matar a gente, sobre todo cuando era médico, y no la he matado». Tipos como ese carlista raparon el pelo de su sobrino, Pío Caro Baroja, sólo por ser familiar del escritor, al que estuvieron a punto de fusilar cuando se acercó con Ochoteco para ver el avance de las tropas. «Éste es el viejo miserable que ha insultado en sus libros a la religión y al tradicionalismo», bramó un soldado, con la pretensión de sentenciarle a muerte.

Cocodrilos en el Nilo

Mientras estuvo exiliado en París, Baroja se vio «solo, viejo y sin dinero». Poco a poco se fue rehaciendo en Madrid y continuó escribiendo como un poseso, alentado por encargos como el de la revista 'Semana', en la que fueron apareciendo sus memorias. Según Pérez Ollo, en éstas habría que insertar 'Rojos y blancos', si se atiende a su estilo y a su contenido autobiográfico.

A pesar de su amargura, Baroja no se convirtió en un escritor triste. En esta obra también se halla su humor típico, con frecuencia un instrumento para repartir mandobles. A un egipcio con el que se encuentra en la Casa de España de París le propone crear una sociedad para repoblar el Nilo de cocodrilos, y habla con un indio sobre encantadores de serpientes y hombres que se meten paja en la boca y la sacan en llamas. No obstante, los términos que más emplea son «estupidez y pedantería».

A la espera de que la familia Baroja publique un nuevo inédito el próximo diciembre, también sobre la época y las consecuencias de la guerra, la bibliografía barojiana se ha incrementado con otra obra que no vio la luz cuando él vivía. 'Ilusión o realidad' se publicó el pasado junio como final del segundo tomo de las memorias. Igual que 'Rojos y blancos', la obra se compone de recuerdos, de lugares vividos, de perfiles de las personas halladas.

En las primeras páginas se ve a Baroja en París, en 1913. El escritor visita la ciudad con el médico de Bera, Rafael Larumbe, y con la intención de gastarse el dinero en las librerías de las orillas del Sena. Pero además le dio tiempo para acudir a una sesión espiritista, a la que les invita la dueña de la pensión en la que duermen.

Los errores de Unamuno

El escritor siempre prefirió ir a la contra, por libre. La reunión esotérica le ofrece una buena oportunidad para poner a caldo a todos los que acudieron a la cita. El escritor, alabado por su falta de artificios, no se priva en adjetivar a los asistentes, al parecer todos gordos, «caricaturescos y mal pergeñados», suspicaces y de poco fiar. Un hombre de ciencia como él sólo podía ver escoria en esa gente.

'Ilusión o realidad' es Baroja en estado puro: amigo de las divagaciones, de la miscelánea, de picar aquí y allá, de poner de vuelta y media al que se ponga a tiro. «Largo Caballero es un hombre mediocre, un caminero ordenancista, hombre de balduque, un petulante que se cree la esencia de la sabiduría», escribe.

No terminan en los políticos sus invectivas. Él dijo que se llevaba bien con Unamuno, y que su supuesta enemistad era un rumor alimentado por oscuros intereses. Tampoco se puede decir que le apreciara gran cosa: «Unamuno ha querido suprimir el ambiente en sus novelas para hacer resaltar mejor el personaje. Su equivocación ha sido grande y como novelista ha fracasado. ¿Quién se acuerda de sus criaturas flotando en un éter psicológico? », sentencia el autor.

 
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