Lunes, 30 de octubre de 2006
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CULTURA

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El refugio de la familia
El refugio de la familia
Pio, Carmen (Pío Caro en brazos), su madre, su cuñada, Julio Caro y Ricardo.
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Pío Baroja fue extremadamente pudoroso en sus escasos comentarios sobre su familia, que sin embargo tuvo un poderoso influjo en su vida. En más de un lugar el escritor dice que no se casó porque un escritor de su época no podía hacer frente a las obligaciones familiares. Su madre, su hermana Carmen, los hijos de ésta, Julio y Pío, y su marido, Rafael Caro, así como su hermano Ricardo y la mujer de éste, Carmen Monné, formaron un clan con pocas fisuras, y que sobrevivió a varios momentos de crisis.

El edificio de la calle Mendizábal de Madrid, en el que Baroja administró la panadería familiar, vivían los Baroja desperdigados por sus diferentes pisos. Luego ese ambiente se trasladó a la casa que compró Pío en Bera de Bidasoa, Itzea.

Cuando el escritor tuvo que exiliarse en Francia, su hermana Carmen se quedó allí al cuidado de toda la familia. En su extraordinario libro 'Memorias de una mujer del 98' (Tusquets), recuerda cómo sobrevivieron a base de trabajar la pequeña huerta de la trasera de Itzea, mientras su hermano Pío trataba de ganar unos francos con sus colaboraciones en la prensa argentina.

Una vez terminada la guerra, la familia volvió a la casa de Madrid en la calle Ruiz de Alarcón, muy cerca de la Real Academia. Según suele contar su sobrino Pío, por allí pasaban decenas de personas para conocer al escritor y charlar con él, no siempre con buenas intenciones. En aquella época, principios de los años cuarenta, Baroja solía pasear por el Retiro y recogía castañas del suelo para después comerlas entre todos.

Aún en la casa de Itzea se puede ver hoy las huellas de los Baroja. El cuarto y las larguísimas estanterías de bibliófilo del escritor, su dormitorio, la habitación de Julio Caro Baroja, con una mínima cama espartana y en una hilera los libros de los clásicos griegos, en la versión de la Biblioteca Loeb de la Universidad de Oxford. Allí reposa el espíritu barojiano, como un monumento a la libertad, para acertar o para equivocarse.

 
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