Miércoles, 1 de noviembre de 2006
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VIZCAYA

DE CUANDO EN CUANDO
El ascensor
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OLMO No hace mucho les hablaba de mis observaciones en los ascensores del metro. Ahora que tengo que utilizarlos temporalmente por necesidad debido a una pequeña dolencia de rodilla (achaques de la veteranía) he podido darme cuenta de la mentalidad de algunos clientes del metro y de su forma de comportarse en relación con sus semejantes.

También me están sirviendo estas observaciones para comprobar la vagancia que está extendiéndose entre la gente joven, que llega a utilizar el ascensor, no sólo para subir un piso (del andén al vestíbulo) sino, incluso, para bajar un piso, que es la mejor demostración de la vagancia en estado puro.

No hace mucho pude contemplar con asombro, a un joven y cuatro 'jóvenas', que para pasar de un andén a otro no sólo usaron el ascensor de subida, sino que tuvieron el papo de irse a continuación al ascensor de bajada. De esta forma, se ahorraron el tremendo esfuerzo de subir las pocas escaleras que hay del andén al vestíbulo y sobre todo, de tener que bajarlas, lo que consideraron por lo visto como algo sobrehumano.

Pero los ascensores del metro, además de poner de relieve la vagancia de algunos jóvenes (el resto, es decir, la mayoría usa las escaleras) sirve también para demostrar la falta de civismo que existe sobre todo en la clientela de cierta edad y principalmente (lo he podido constatar personalmente) de la clientela femenina.

Cuando yo entro en un ascensor del metro, antes de pulsar el botón tengo la atención de mirar a ver si viene alguien, y si veo venir a otras personas retengo la cabina hasta que llegan. Lo considero una cosa de educación y civismo. Y al citar la palabra civismo creo que no estoy fuera de lugar, porque el diccionario lo define como 'Comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de la convivencia pública'.

Pero hay muchos viajeros, y sobre todo viajeras de cierta edad, que eso de la convivencia y el civismo les resbala. Ellos son ellos y los demás que se amuelen. Son los que entran en el ascensor sin mirar a nadie, pulsan el botón sin mirar a ningún sitio, se van tan tranquilos y el que no llegue a tiempo que otra vez ande más listo.

En más de una ocasión, estas viajeras me han dado prácticamente con la puerta del ascensor en las narices. Para estas personas, la educación, la cortesía y el civismo son monsergas. Yo soy yo y no hay mas circunstancias que las mías. Al prójimo que le den pomada.

 
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