Miércoles, 1 de noviembre de 2006
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VIZCAYA

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El último café
El Boulevard cerró anoche sus puertas dejando atrás 135 años de negocio y mil y una tertulias de una clientela que confía en su anunciada reapertura
El último café
EL FINAL. Un empleado protagonizó el histórico cierre y bajó la persiana a las 21.45 horas de ayer. / FOTOGRAFÍAS DE IGNACIO PÉREZ
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El camarero, con su elegante pajarita negra, pulsó el botón de la Simonelli para tirar el último café. Faltaban veinte minutos para las diez de la noche cuando el trajín del Boulevard dejó paso al silencio después de 135 años de historia. Poetas buenos y malos, enamorados, ciudadanos ociosos, abuelos de café corto para toda una tarde y un sinfín de personajes varios lloraron ayer el cierre de uno de los símbolos de la hostelería de Bilbao.

Nadie quiso perderse el adiós. Ni los clientes habituales, que se acercaban hasta la barra para dar la mano a los empleados y despedirse con un «seguro que nos vemos», ni aquellos que pisaron el local en contadas ocasiones. «Es como si fuese nuestra última oportunidad», reconocían Laura, Mertxe y Ana. Sentadas en una de las esquinas del establecimiento, las tres hermanas coincidían al afirmar que «aunque hoy en día a cualquier cosa le ponemos la etiqueta de emblemática, este sitio lo merece de verdad. ¿Si hasta es más antiguo que el Athletic!», vocearon.

Recuerdos de infancia que han pasado de generación en generación. Eso es para muchos el Café Boulevard. «Hemos visto la evolución de la gente y dejarlo todo ahora es muy duro», reconocía Roberto López, que ha vestido el uniforme de faena durante 17 años. Caras conocidas que se quedan atrás y anécdotas que nunca se olvidan.

Como la que trató de inmortalizar una familia bilbaína. Milagros Gómez y Txemi García posaban sonrientes mientras su hija, Amaia, intentaba desesperadamente sacarles una foto en el rincón del chocolate. «Sabemos que el cierre es temporal, pero siempre te queda la duda de si seguirá tal y como hasta ahora», apuntaba la madre. Y es que para ella el café ha sido «una parada obligatoria» desde que nació. «Todas las mañanas veníamos a comernos un pastel. Hasta me hice una foto aquí vestida de primera comunión», evoca Milagros. De repente, Amaia interrumpe sus palabras: «La cámara no tiene batería», descubre. Acto seguido, Txemi abandona el local y se encamina hacia casa en busca de unas pilas nuevas. «Es algo especial», se justifica.

El placer de la poesía

Los tertulianos, que ayer celebraron su última reunión, tampoco se reprimían: es nuestra «segunda casa», es «algo mágico». Lejos quedan ahora las charlas que mantuvieron Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno o Ramiro de Maeztu, pero son más de medio centenar los que cada martes quisieron mantener vivo ese espíritu. «Esto es una tragedia. Soy jubilado y hacer poesía se había convertido en mi trabajo», comentaba ayer Juan Santamaría Domingo, mientras se preparaba para escuchar algunos de los trabajos de sus compañeros de mesa. Para otros, como Filomena Palomares, el Boulevard se convirtió en una fuente de inspiración. «Sólo espero que todo se mantenga como está», deseó. A partir de ahora, y hasta nueva orden, las tertulias pasarán a celebrarse en el edificio de La Bolsa, en el Casco Viejo. «Está claro que no va a ser lo mismo», señalaron todos.

Llegó la hora. Mientras los responsables del Café Boulevard bajaban la persiana, aún podían verse algunos de los poemas que colgaban de las columnas del local. En especial, aquel en el que todos los que ayer se acercaron por allí se detuvieron para leer: «Un aplauso prolongado creo que bien se merecen, ahora que desaparecen, ¿porque bien se lo han ganado!».

 
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