OLMO José Ángel B.L. me escribe una carta como amigo mío y no pongo en duda este lazo afectivo porque, según me recuerda, hicimos un viaje juntos en aquel famoso tren correo de los años heroicos del ferrocarril, los llamados Caminos del Hierro del Norte de España. Un nombre que por imperativo de la tradición aún se sigue utilizando, al menos entre los bilbaínos veteranos, que a nuestra principal estación ferroviaria la siguen llamando estación del Norte.
Tu carta, amigo José Ángel, ha traído a mi memoria el recuerdo de aquellos viajes en el famoso tren correo, llamado así, según creo, porque paraba en todas las estaciones para recoger y dejar la correspondencia y hacía los viajes interminables. Sobre todo cuando teníamos que estar toda la noche sentados en bancos de madera, pasando frío en invierno y calor en verano.
En verano aún podíamos resolver el problema abriendo las ventanillas, pero estando siempre atentos para cerrarlas cuando llegaba un túnel, porque el humo de las locomotoras de vapor inundaba el departamento, y aquello era como el 'smog' o niebla de Londres en sus buenos tiempos. Aún recuerdo aquel tren, que casi merecía el calificativo de botijo, que en el diccionario se define como un medio de locomoción veraniego y sin muchas comodidades.
Pero aún tenía el famoso tren correo otro detalle que le distinguía a él y a todos los trenes de la época del vapor: la carbonilla. La carbonilla eran unos minúsculos granitos de carbón quemado y expulsado por la chimenea, que en cuanto te descuidabas se te metían en los ojos y era un lío conseguir desembarazarte de aquella molestia con el pañuelo. Tiempos heróicos del transporte ferroviario, que rememoro para solaz de los bilbaínos que viajan hoy en trenes veloces, elegantes, cómodos, silenciosos y sin carbonilla.
Y perdona, amigo José Ángel, que con estas disquisiciones ferroviarias me haya olvidado del tema de tu carta, en la que me describes la historia de la vieja Escuela de Náutica de Deusto. A lo mejor otro día hablamos de ello, porque contando con la divina providencia, hay mas días que longanizas, una frase popular que siempre utilizamos en sentido equivocado. Otro día se lo cuento.