María Martínez lleva el arte en las manos, aunque a ella le dé reparo reconocerlo. El suyo es un arte escaso, del que los tiempos modernos han dado cuenta, como si del mejor pastel se tratara: el ganchillo. Es de esas pocas mujeres que todavía se acercan a las mercerías a preguntar por los ovillos de perlé. Cuando coge una aguja y se pone a maniobrar, sus manos se mueven rápidas, listas. Parece que hicieran casi magia.
«Lo hago desde siempre», reconoce esta vecina de Las Arenas. Dice que no tiene mérito, que no es «nada grande», y cuesta que desgrane su historia. «No hay mucho que contar, de verdad», musita avergonzada mientras acaricia su colección. Se trata de un centenar de prendas de bebé en miniatura que ha tricotado con mimo y con tiento. «Soy muy perfeccionista. Si algo no me queda bien, lo deshago tantas veces como hagan falta para que quede como a mí me gusta». María no sabe calcular el tiempo que le entrega a cada traje. «Yo no veo la televisión, la tengo puesta mientras tejo», explica sencilla.
Y tampoco recuerda el momento en que empezó con todo esto. «Bueno, quizá cuando mi hija mayor era un bebé». Durante un paseo, vio un sombrero en un escaparate. Le echó el ojo para leerlo, porque el ganchillo tiene un lenguaje secreto que sólo conoce quien sabe hacerlo. Contó los puntos que había que echar y al día siguiente compró la lana. Hizo cuatro.
Para Gabriela
Más tarde, una amiga la animó a montar un pequeño negocio con ello. Se dejó llevar. En su tienda de regalos, incluyó un nuevo producto: ropa para niños pequeños. No le costaba nada ponerse a tejer en sus ratos libres. Hasta se hizo con una marca increíble: «Mi récord es hacer treinta piezas en un día». María todavía se sonroja al confesarlo.
Con el tiempo, volvió a convertir el ganchillo en sólo una afición. Lo más que hacía eran «cositas para regalar» a los amigos y a la familia. Cuando nació su única nieta hasta ahora, Gabriela, a María se le ocurrió que podría juntarle un ajuar para sus muñecos. Poco a poco, tejió metros y metros de lana para la pequeña.
El día de Reyes de 2003, el regalo que más entretuvo a la niña, que entonces tenía cuatro primaveras, fue el de la abuela: una caja llena de ropa -doblada cuidadosamente entre papeles de seda- para su 'nenuco'. «Jugó con ella toda la tarde, pero después, se la guardamos porque es muy pequeña y no sabe cuidarlo», apunta orgullosa la amama.
La ropa en miniatura de esta artista, aunque no le guste que la llamen así, «gusta mucho». Hasta tal punto, que sus compañeros de Nuevo Futuro no dudaron en incluir un puesto con sus prendas en cada rastrillo solidario. Este año, los modelos que diseña esta 'Balenciaga de las muñecas' viajarán un poco más lejos: «Estoy tejiendo lo que mandaremos a Madrid».