Lunes, 6 de noviembre de 2006
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VIZCAYA

DE CUANDO EN CUANDO
Vagos y vagas
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OLMO Ahora que tengo que utilizar los ascensores del metro, he podido darme cuenta de que esos elevadores no sólo sirven para que este medio de transporte haya obtenido un premio por la total supresión de barreras arquitectónicas. Lo que por un lado es beneficioso por el otro está resultando perjudicial, porque fomenta entre los jóvenes, entre los adultos e incluso entre los niños, la afición a la vagancia.

Cuando yo usaba las escaleras no pude darme cuenta de este fenómeno que ahora palpo directamente y con verdadero sentimiento, porque a menudo he de compartir el ascensor con jóvenes y jóvenas de saludable aspecto y probada agilidad. Y digo de probada agilidad, porque algunos, para llegar al ascensor a tiempo se dan una carrera demostrativa de su excelente forma física.

Que la vagancia impere entre la gente adulta, ya resulta difícil de entender. Que los vagos sean los representantes de la juventud resulta aún más difícil de admitir. Pero que la vagancia llegue hasta la edad infantil es ya algo que hace pensar que estamos educando una generación que huye del mínimo esfuerzo y eso no deja de resultar preocupante.

Hace unos días, subía yo en el ascensor desde el andén al vestíbulo y al llegar arriba y abrirse las puertas, me encontré con una niña de unos diez años, pizpireta y alegre, esperando con toda desfachatez al ascensor. Le pregunté si estaba tan mal que no podía bajar por las escaleras, pero ni siquiera me contestó. Pensando posiblemente que «este viejo es tonto», entró tranquilamente, pulsó el botón y bajó con una desfachatez impropia de su corta edad.

Me fui de allí con verdadera pena, pensando que la gran cantidad de adultos que usan los ascensores del metro cada día sin tener necesidad, constituyen una generación de vagos que no se acabará jamás. Ya tenemos el relevo. Son los vagos infantiles, esos niños y niñas, que el día de mañana nutrirán las filas de los clientes y clientas gandules que utilizan el ascensor, incluso para evitarse el terrible y sobrehumano esfuerzo de bajar unos pocos escalones. Y lo más curioso es que lo hacen sin ruborizarse lo más mínimo, como si en vez de ser un gesto de pura vagancia, fuese un derecho adquirido al pagar el billete.

 
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