Viernes, 17 de noviembre de 2006
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SOCIEDAD

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«En el Sahara resulta más difícil equipar a un alumno que comer»
El cooperante vasco José Alonso alerta sobre las carencias educativas en los campamentos saharauis No hay futuro para los licenciados universitarios
Como cualquier alumno, los niños saharauis exiliados acuden cada día a clase. Quizás, la escuela donde reciben formación sea la única construcción estable del campamento en el que han nacido y viven. Sin embargo, y a pesar de las condiciones climatológicas extremas y de la precariedad de medios, los jóvenes refugiados son unos privilegiados. Ningún otro pueblo africano puede vanagloriarse de contar con índices de escolarización prácticamente absoluta, sin distinción de sexo, y tasas de analfabetismo tan reducidas que se asemejan a las occidentales.

El sistema educativo es gratuito, pero los materiales escolares, no y resulta complejo acceder a ellos. «Para una familia es más difícil equipar a un niño para ir a clase que conseguir alimentos, incluso en esta coyuntura tan extrema en la que ahora se encuentran», asegura José Alonso, representante sobre el terreno de la ONG local PTM-Mundubat. Él acaba de regresar al País Vasco tras haber llevado a cabo un proyecto para dotar los centros de mobiliario y bienes fungibles.

En las aulas se sigue el programa argelino y, según el cooperante, la calidad de la instrucción no es muy elevada, «pero buena para su contexto y cultura». Entre las materias que se imparten aparece el castellano, lengua que se mantiene gracias al apoyo de las ONG desde el inicio de la cooperación. «Siempre ha sido así, porque allí no interviene el Instituto Cervantes». Curiosamente, los libros de texto llegaban desde Noruega y los profesores tenían que recuperar las eñes convertidas en impropias enes. «El uso del idioma se incrementa entre los sectores más jóvenes, los menores de treinta años y, especialmente, en el caso de los niños por sus estancias estivales. Siempre, en cualquier lugar, hallas alguien que lo emplea con fluidez».

Los problemas para esos muchachos surgen cuando finaliza la etapa secundaria. Son pocos los que que pueden acceder a estudios universitarios en España. La mayoría se decanta por las facilidades que proporcionan Cuba, Argelia y Libia, y este año se ha llevado a cabo una experiencia piloto con veinticinco jóvenes enviados a facultades de Qatar. Tras la licenciatura y el regreso, los interrogantes que se plantean son aún mayores. Aquí se produce el conflicto entre las esperanzas y la obstinada realidad. «Desde el inicio de la resistencia, la educación fue pensada y organizada con el objetivo de dotar de cuadros y profesionales a un nuevo Estado que se pensaba inminente».

Pero el retorno no llega y la estancia en el desierto, sin incentivos ni expectativas laborales acordes con su currículo, genera frustración. «Unos optan por la emigración y otros buscan un oficio en los campos, ya sea en la economía informal, en clara expansión, o en la Administración interna».

Al igual que ocurre con tros muchos africanos, España se ha convertido en El Dorado para los jóvenes saharauis, también cada vez más habituados a los hábitos del consumo. Según un estudio de la antropóloga Sophie Caratini, publicado por Bakeaz, crecen en la confianza de poder establecerse en la Península y enviar dinero a sus familiares,atrapados en la inmovilidad de los poblados.

A juicio de Alonso, las ONG pueden proporcionar un cierto futuro a un personal cualificado y desaprovechado. «A menudo, se requieren expertos, ingenieros, arquitectos y otros técnico, y habría que recabarlos entre los nativos, en la medida de lo posible. Ese apoyo les puede dotar de un trabajo y mejorar su autoestima».

 
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