Norman Foster ganó el concurso de ideas que en 1988 convocó el Departamento vasco de Transportes para diseñar las principales estaciones subterráneas del suburbano, como la de Moyua, Indautxu o San Mamés. En total, el acuerdo se cerró por 95 millones de pesetas. En aquella ocasión, el entonces consejero del ramo, Enrique Antolín, aseguró que el gasto estaba justificado dada la «rigurosidad» con la que Foster planteó su proyecto.
En su primera comparecencia ante los medios de comunicación vizcaínos, allá por noviembre de aquel año, el arquitecto inglés aseguró que Bilbao era una ciudad con «carácter desde un punto de vista urbanístico». Respecto al proyecto, destacó su «sencillez» como principal virtud.