Lunes, 20 de noviembre de 2006
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El primado anglicano visita Roma en pleno cisma y con la lejana meta de la unidad
La Iglesia de Williams se halla dividida por el sacerdocio de gays y mujeres, el mismo obstáculo que la aleja del Vaticano El acercamiento de ambas confesiones cumple 40 años
El primado anglicano visita Roma en pleno cisma y con la lejana meta de la unidad
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LA IGLESIA ANGLICANA
Anglicanos en el mundo: Están presentes en 164 países, agrupados en 38 provincias. Gran bretaña cuenta con 26 millones de fieles y Nigeria con 17, 5. En Estados Unidos hay 2,5 millones de seguidores de esta Iglesia.

Doctrina: Tienen como única regla la Biblia y consideran que sólo dos de los sacramentos (Bautismo y Comunión) son necesarios para la salvación.

Relación con Roma: No reconocen los dogmas de la infalibilidad papal, el purgatorio y la inmaculada concepción, entre otros.

Otras diferencias: Existen mujeres sacerdotisas y se ha aceptado los sacerdotes homosexuales en Gran Brteña, Australia, Estados Unidos y México.

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La Iglesia católica y la anglicana, separada en el siglo XVI por la bulimia matrimonial de Enrique VIII y por la excomunión a escala insular que recibió su país, vuelven a encontrarse esta semana en Roma, con el habitual debate de fondo, más de sus jerarquías que de sus fieles, sobre por qué siguen divididas y si algún día dejarán de estarlo. Es el meollo de esa cosa llamada ecumenismo, el lento camino hacia la reunificación de los cristianos. El 104º arzobispo de Canterbury, nombrado en febrero de 2003, Rowan Williams, llega mañana a Roma, donde permanecerá hasta el domingo con su mujer, Jane, para encontrarse el jueves por primera vez con Benedicto XVI.

La reunión se produce en un momento de ebullición en las relaciones entre ambas confesiones. Hace justo 40 años tuvo lugar el primer contacto de alto nivel tras el histórico cisma, el encuentro entre Pablo VI y el entonces primado anglicano, Michael Ramsey. Fue entonces cuando ambas Iglesias acordaron empezar a hablar en busca de la reconciliación y surgió la Comisión Internacional Anglicano-Católica para la Unidad y la Misión. La semana pasada se celebró en Leeds, Inglaterra, un congreso histórico de dos días, preparado durante cuatro años, entre anglicanos y católicos, la primera reunión de este tipo nunca realizada. La declaración conjunta firmada por Williams y el cardenal Murphy O'Connor afirmaba el «entusiasmo por el diálogo» y mostraba la confianza en que el Espíritu Santo «inspire nuestra peregrinación hacia la unidad». Pero llevan así 40 años. Williams reconoció luego en el 'Catholic Herald' que el camino a la unidad «está en una fase de estancamiento». Sobre todo porque antes de nada la Iglesia anglicana debe resolver sus problemas internos.

Es cierto que en las conversaciones teológicas se han dado pasos sobre la eucaristía, el ministerio sacerdotal, la Virgen, los sacramentos y otros aspectos. De hecho en el pasado se llegó a ver al alcance de la mano la soñada unidad, pero entonces apareció en escena el sexo: los anglicanos aprobaron la ordenación de mujeres en 1992 y se acabó el optimismo. En realidad, la 'rama norteamericana' y línea de choque progresista, la Iglesia Episcopal, ya lo aceptó en 1976. Actualmente hay unas 2.000 sacerdotisas.

Una mujer, jefa en EE UU

Lo que ha ocurrido desde entonces es un fenómeno curioso, que desde el Vaticano se ve como una confirmación de sus argumentos: ess misma brecha se ha extendido a los propios anglicanos, 70 millones de fieles ahora muy divididos y al borde del cisma. La 'apertura sexual' ha sido una caja de Pandora. Las mujeres han llegado al grado siguiente, el obispado, y luego siguió en algunas diócesis el reconocimiento de derechos a gays y lesbianas en el matrimonio y el sacerdocio.

En 2002 se evitó un primer cisma porque se consiguió convencer al cura homosexual británico Joffrey John para que renunciara a ser obispo (aunque se ha casado este año por lo civil con otro sacerdote). Pero el cataclisma llegó en 2003 con la ordenación del homosexual Gene Robinson como obispo de New Hamshire, en EE UU. Los líderes del 'Global South' (África, América Latina y Asia), con 50 millones de fieles, declararon abierta una fractura con la Iglesia estadounidense, cuyo avance heterodoxo no se detiene. En mayo estuvo a punto de ser obispo de California una lesbiana con pareja, Bonnie Anne Perry, y hace dos semanas fue incluso nombrada jefa de la Iglesia Episcopal la obispo Katharine Jefferts Schori. Una decena de diócesis, de 111, se niegan a reconocerla y amenazan una secesión.

Williams no puede sino lidiar con oficio ante semejante panorama, pues la autonomía respecto a Canterbury de las 37 diócesis repartidas por el mundo -básicamente las áreas de influencia inglesa- hace difícil cualquier autoridad al estilo del Vaticano. Williams ha llegado a proponer un plan de «dos Iglesias asociadas», una tradicional y central con otra reformista subordinada. Un cisma maquillado entre EE UU y el resto del mundo.

En el mundo católico siempre se calcula que el sector tradicional puede acabar perfectamente en su órbita, pero el Vaticano, que acaba de reafirmar el valor del celibato y no quiere ni oír hablar de mujeres curas, está muy lejos en este momento de la Iglesia anglicana. El propio Benedicto XVI y Williams, abiertamente progresista y afín a una concepción más privada de la fe, tienen personalidades opuestas. Ambos son cultos y eruditos, se conocen bien y seguro que disfrutarán de la conversación, pero nada más. El Papa está interesado en cultivar el ecumenismo y la próxima semana viaja a Turquía a encontrar al patriarca ortodoxo de Constantinopla. Pero es difícil que se repita la imagen del Jubileo de 2000, cuando Juan Pablo II abrió la puerta santa de San Paolo con el patriarca y el arzobispo de Canterbury. Ratzinger prefiere hablar en un despacho y jugar al ajedrez teológico.

 
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