Todo empezó por un dolor de pies. Ángeles Barrutia tenía treinta años y dos niños pequeños, «de cinco y tres años», cuando empezó a sentir molestias en sus extremidades. «Primero, fue al caminar», explica la eibarresa, que hoy tiene 53. Luego, también por la noche: «En la cama sentía la planta del pie rígida». No podía descansar. Harta de soportarlo acudió a su médico de cabecera en busca de una solución. Pero el profesional no sabía qué le estaba pasando. «Tendrás que ponerte plantillas», le dijo.
No le sirvieron de mucho. «Estuve con ellas un tiempo, pero aquello no remitía», relata. Es más, ni siquiera podía hacer una vida normal. Un día, uno de sus tíos le aconsejó que fuera a un especialista de Bilbao. Cuando le dio los resultados de los análisis, Ángeles no esperaba un diagnóstico tan demoledor: «Tienes artritis reumatoide y si no te cuidas, dentro de diez años puedes acabar inválida en una silla de ruedas».
Se fue a casa preguntándose cómo evitarlo. «Entonces no se sabía ni qué era ni cómo tratar esta enfermedad», confiesa la mujer. «Estuve año y medio con infiltraciones en los dedos, en los codos, en los pies...». Hoy, los profesionales saben que se trata de una afección crónica y degenerativa que atrofia las articulaciones y cuyo tratamiento va más allá de lo que Ángeles recibió.
En Vizcaya hay aproximadamente 4.500 personas que sufren esta dolencia, más de la mitad de los casos que se registran en Euskadi. El 70%, además, son mujeres que sufren el mal casi en silencio. Aparte de los médicos, pocos saben qué es exactamente la artritis reumatoide, según la Sociedad Española de Reumatología. Por ello, esta entidad, en colaboración con la Fundación Abbot, ha lanzado una campaña, llamada 'Mujer y artritis reumatoide: el valor de una vida'. Su objetivo es aumentar el grado de conocimiento sobre esta dolencia y para ello se ha editado un libro donde diez afectadas de toda España comparten sus experiencias con su reumatólogo y con un rostro conocido.
Ángeles Barrutia es una de ellas. Esta enfermedad supuso un «frenazo» en su vida: «Tuve que enseñarles a mis hijos cómo pasar el aspirador porque había días en que el dolor me impedía hacerlo», cuenta la guipuzcoana. Su marido, Manasés, también necesitó adaptarse a la nueva situación. «Éramos jóvenes y queríamos salir, pero yo no podía... así que él se quedaba en casa. Lo pasó fatal», recuerda.
300 casos cada año
Con la apertura del hospital de Mendaro, esta mujer encontró a su mejor aliada: la reumatóloga Inmaculada Bañegil. Desde hace quince años acude «cada dos meses» a su consulta. Y con ella ha compartido momentos dulces y amargos. Porque Ángeles se ha sometido «a todo tipo de terapias» que le han provocado efectos secundarios como sequedad de mucosas, úlceras en las piernas...
Lo ha pasado «muy mal», pero no le ha hecho falta la temida silla de ruedas. «Desde hace diez años vivo tranquila y feliz», reconoce. Aunque no pueda alcanzar la parte más alta de los armarios sin necesidad de «unas pinzas», «ni hacer planes para dentro de cuatro días porque no sabes cuándo tendrás un brote». Su próxima cita la tiene en el hospital Donostia para someterse a una segunda terapia biológica «a base de inyecciones subcutáneas». Según los especialistas, es uno de los mejores tratamientos porque «bloquean y destruyen el proceso inflamatorio». Ángeles, además, no pierde de vista esos 300 nuevos casos que aparecen cada año en Euskadi. «Si se llega a tiempo, no hay por qué sufrir tanto», advierte.