Repasaba unos papeles en un bar de Huelva cuando un hombre se acercó a entablar conversación con ella. Así comenzó la relación entre Esperanza (nombre ficticio) y el, como ella lo llama ahora, «padre de sus tres hijas». Un matrimonio aparentemente normal que dejó de serlo cuando la violencia de género cobró su peor cara. El detonante: el nacimiento de la primera niña de la pareja. «Yo tenía sólo 20 años y prefería esperar, pero decidí tenerlo solo por contentarle», aseguró. Con el primer llanto llegaron los celos y con ellos, su peor pesadilla.
Esperanza participó esta semana en un congreso organizado por el área de Mujer del Ayuntamiento de Bilbao que dirige la concejala Carmen García. Curtida y con las cosas mucho más claras, no dudó en compartir parte de su vivencia con otras víctimas. «Mi marido nunca me levantó la mano -relata-, pero hizo cosas que a veces son mucho peores». Sufrió maltrato psicológico, económico y ambiental. «Me insultaba, me dejaba en ridículo delante de todos, no me permitía encargarme de nada que tuviera que ver con el dinero de la casa y había momentos que se ponía a golpear los muebles. Lo único que pasaba por mi cabeza era que la próxima sería yo».
Perdió a su círculo de amigos y casi a su familia, a la que no podía visitar sin el consentimiento de su pareja. A los 18 años de vida en común se armó de valor para decirle que quería el divorcio. «Casi me mata. Intentó estrangularme pero me salvaron mis hijas», recuerda mientras da una calada a un cigarrillo y mira hacia arriba.
Sangre fría
Amenazada de muerte, tuvo la sangre fría necesaria para permanecer dos años más en aquella casa mientras sacaba poco a poco sus pertenencias. Habló con sus pequeñas y el 23 de abril de 2001, cuando su marido estaba trabajando, se marchó para no volver. Sus hijas se quedaron con ella. Le denunció y se fue a un centro de acogida. La parte más dura llegó con el juicio. «El juez dictaminó que no cumplía el perfil de maltratada» y su marido quedó en libertad con una orden de alejamiento y un permiso para ver a su hija menor.
El acoso llegó hasta el punto de obligarla a cambiar tres veces de centro. «Incluso le decía a la pequeña que si me mataba a mí sería un asesino, pero que si acababa con las cuatro le darían por loco», asegura. Estos antecedentes no evitaron que su ex marido tuviera dos parejas más. Ambas le denunciaron también por malos tratos. «Lo curioso es que no ha ido a la cárcel hasta que la segunda no le acusó también de violación», señala Esperanza, que en 2002 fundó la entidad Miriadas de ayuda a las víctimas.
-¿Cómo se siente ahora?
-Libre. Pero las secuelas te hacen creer que no te lo mereces.
_¿Se supera algún día?
-Cuesta mucho. Aún así, del maltrato se puede salir. Las víctimas son las que no sobreviven.