Sábado, 25 de noviembre de 2006
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DE CUANDO EN CUANDO
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OLMO Ante todo, quiero dar las gracias a los tertuliantes que tienen la amabilidad de enviarme una carta, ya sea por correo postal o por ese otro correo que sale del ordenador. No sé si se llama electrónico o se llama 'email', da lo mismo. Personalmente me resulta más agradable la carta tradicional con su sobre y su sello, pero agradezco también ese otro correo que me llega al periódico, porque yo no uso esos sistemas modernos de correspondencia. Ustedes escríbanme, que lo mismo me da un sistema que otro. Agradezco todas las cartas por igual, aunque me las envíen por paloma mensajera.

Hace unos días, la secretaria de redacción (que conmigo es simpática y amable aparte de muy mona, todo hay que decirlo) me entregó un pliego que empezaba así: «De Fernando A. Para msanemeterio, arroba, diario-elcorreo. es. Asunto: Atención Sr. Olmo. Farolas Plaza de Indautxu». La carta no podía empezar con mejor pie, porque las farolas de esa plaza me tenían intrigado.

El amigo Fernando, que es sin duda ninguna mejor contador que el señor García y un servidor, ha resuelto al fin la duda del número de farolas que forman el ya popular bosque farolero de dicha plaza. Y no sólo las ha contado como un experto, sino que además, y para mayor seguridad, me las cita por secciones. Copio el párrafo de su carta:

«Las farolas están colocadas en tres círculos. El exterior tiene 18 unidades, el central tiene 15 y el interior 10, lo que hace un total de 43. Luego hay otras 6 en los laterales de las rampas mecánicas con lo que se hace un total de 49 farolas». Y lanzado ya a la vorágine de la contabilidad farolera, añade que hay otras once en la calle Aretxabaleta, 10 en Simón Bolivar y 6 en Urrutia, más una junto al kiosco de periódicos y de la Once.

Gracias amigo Fernando, por su perfecta contabilidad y que Dios le conserve ese ojo contador que sin duda es mejor que el mío, porque yo intenté contarlas un par de veces y me salían cincuenta. Pero de una u otra forma, me parece que al diseñador de la plaza o se le fue la mano a la hora de colocar farolas o las encontró en una liquidacion y no quiso perder la oportunidad. Es lo mismo que hacían algunas señoras en las liquidaciones de retales. Compraban un trozo de tela y cuando el marido les preguntaba para qué era, respondían: «No lo sé pero era tan barato...».

 
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