Una de las frases más recurrentes en los anuncios inmobiliarios es la de 'vivienda con vistas', lo que no suelen precisar es hacia dónde. Una fábrica, un cementerio, un museo y una cantera son algunas de las panorámicas que cientos de vizcaínos contemplan a diario desde sus casas. EL CORREO ha visitado siete viviendas donde las vistas, para bien o para mal, forman parte indisoluble de la casa.
INMACULADA BARRERAS
Cementerio de Zalla
«Los niños no tienen ningún miedo a los muertos»
Un lugar junto al que nunca habitarían los supersticiosos y mucho menos los miedosos sería, sin duda, un cementerio. Inmaculada, sin embargo, no le da la más mínima importancia. Ella y su familia viven pegados al camposanto de Zalla, en el barrio de La Llana. Cuando decidieron abandonar su piso de Bilbao para trasladarse a una casa con huerta al lado de un cementerio «nuestros allegados pensaron que estábamos locos», reconocen. Seis años después, tanto el matrimonio como sus dos hijos, de trece y siete años, aseguran estar «encantados» con el cambio de residencia. «Los niños no tienen ningún miedo, incluso a veces entran con sus amigos a jugar al cementerio», explica Inmaculada Barreras.
El camposanto forma parte del día a día de esta casa, ya que las ventanas del baño, el ático y la cocina tienen como único paisaje las tumbas de los vecinos de la localidad. Es más, uno de los panteones tiene una cruz tan alta que atraviesa el muro que separa la vivienda del cementerio y ya forma parte de la terraza de esta familia vizcaína. «Lo único que me gustaría es que pusieran una verja o unos cipreses alrededor del cementerio para que estuviese un poco más disimulado», señala Inmaculada. Por lo demás, la familia Barreras insiste en que no tienen ningún problema y aseguran que la proximidad con los muertos no influye «para nada» en su estado de ánimo.
PILAR MÁRMOL
Sefanitro
«De vez en cuando todavía huele a azufre y amoniaco»
Pilar Mármol Hernández vive hace más de 13 años en la calle Buen Pastor de Barakaldo y las ventanas de su casa ofrecen un paisaje característico para todos los vecinos del barrio de Lutxana: una extensa panorámica de la fábrica de Sefanitro, la industria química que ha sembrado tantas veces la alarma por las emisiones y sus continuos escapes. A pesar de las «incidencias», Pilar no recuerda haber sentido miedo. «Aunque una vez tuvimos que llamar al 112 y a Protección Civil. De todas formas, si no te queda más remedio, te acabas acostumbrando», se consuela. Desde que la planta ha cesado su producción, Pilar Mármol ha notado «la ausencia del ruido» aunque reconoce que «de vez en cuando» sigue sintiendo «un intenso olor a azufre y a amoniaco».
En cualquier caso, la mujer confiesa no haberse sentido muy afectada por los humos de la fábrica. «Al estar tan cerca, las humaredas no nos perjudicaban tanto, ya que el viento las arrastraba a los barrios de Cruces, Rontegi y Erandio», relata. Las que sí han notado la contaminación son las plantas que adornan su balcón. «A veces se marchitaban como por arte de magia y no conseguía que volviesen a florecer», se queja.
En cuanto a la operación urbanística que se va a llevar a cabo en el solar de Fertiberia, Pilar se felicita porque entiende que va a revalorizar la zona. «Es mucho más agradable asomarse a la ventana y contemplar parques y viviendas, que ver las torretas humeantes de una fábrica», sostiene.
LOREA ELORDIETA
Cementera de Lemoa
«Mi salud ha empeorado muchísimo»
Desde que Lorea Elordieta fijó su lugar de residencia en Lemoa, hace ya tres años, su estado de salud ha empeorado. Al poco de llegar, procedente de Bilbao, comenzó a padecer síntomas de asma. Los médicos le confirmaron poco después la enfermedad. «Nunca había sufrido problemas respiratorios y no creo que sea fruto de una casualidad. Sospecho que en la fábrica de cementos queman sustancias altamente contaminantes», argumenta Lorea.
A las partículas de polvo, «que lo impregnan todo -no hay más que ver cómo están los tejados, las fachadas y el mobiliario urbano»-, hay que sumar el «apestoso» olor «a metano» que detectan muchos vecinos a lo largo del día. «Sé de gente que vive por la zona del Ayuntamiento y que no pudieron abrir las ventanas en verano para airear la casa por lo desagradable que resultaba el olor de la papelera», comenta.
Lorea nunca se ha decidido a interponer una denuncia formal ante la Administración local, aunque sabe de personas que sí lo han hecho, incluido algún colectivo ecologista. «Todos lo dejan por falta de respuesta y de apoyo por parte de los vecinos». Y es que, aunque en la calle las quejas son habituales, «nadie» se atreve a plantar cara. «La política pesa mucho y un porcentaje importante tiene familiares y amigos trabajando en la cementera, que también sustenta el equipo de fútbol local, y no se atreven a denunciarla públicamente. Además, se conoce que no quieren conflictos, pero no se dan cuenta de que la salud es lo más importante y, tarde o temprano, pasará factura tanto a nosotros como a nuestros hijos».
WILLIAM COCKBURN
Estación de Abando
«Los trenes son más silenciosos que los coches»
William Cockburn no tiene ese problema. Los vecinos de la calle García Salazar de Bilbao viven en primera línea de playa, pero de una muy particular. Una en la que no hay arena, ni barcos, sino trenes. Los que cada día entran y salen de la bilbaína estación de Abando. «A mis sobrinos les encanta venir a mi casa para verlos». No es para menos. La terraza de William ofrece unas «inmejorables» vistas sobre la playa de vías de la terminal bilbaína. «Al contrario de lo que pueda pensar mucha gente, vivir aquí es un auténtico lujo. Entra muchísima luz, nadie nos molesta y los trenes son más silenciosos de lo que pueda parecer. Desde el punto de vista del ruido, creo que es mucho peor vivir cerca de una autopista o de una calle muy transitada», explica.
Cockburn asegura que no cambiaría su terraza y sus vistas por nada. «Podemos hacer barbacoas, tomar el sol y no nos ve nadie», se felicita. Claro que la playa de vías puede transformarse en una de edificios -uno de los proyectos que se barajan para cuando llegue el tren de alta velocidad es soterrar las vías y construir pisos en la explanada-, y esa posibilidad ya no le hace tanta gracia. «Se han dicho tantas cosas, que no sé qué pensar. Si la alternativa a las vías son edificios tan feos como el de Renfe, prefiero seguir viendo trenes. Ahora, si hacen un jardín, la cosa ya cambia».
JOSÉ ÁNGEL VEGAS
Papelera de Güeñes
«Los pisos son más baratos»
En el barrio de La Perenal, en Güeñes, se alza un bloque con doce pisos, testigo directo de la producción papelera de la zona. Las personas que viven en esas casas tienen como única vista las fábricas de papel situadas al otro lado de la carretera. Las elevadas chimeneas, el humo y las hileras de troncos de árboles constituyen el paisaje, que simula un decorado en blanco y negro. Para José Ángel Vegas, uno de los vecinos del inmueble, «el ruido, el olor y el paisaje no tienen importancia teniendo en cuenta que he podido emanciparme».
Y es que puestos a elegir, José Ángel hubiese preferido vivir en su barrio natal, Sodupe, pero allí no podía permitirse pagar un piso «y aquí sí», explica. Una vez familiarizado con su nuevo hogar, Vegas reconoce que el olor, «que era lo que más me preocupaba en un principio», ha pasado a constituir un mal menor comparado con el ruido. El joven asegura que las molestias acústicas se producen tanto de día como de noche. Por ello, confiesa que lo único que le falta para estar totalmente satisfecho con su vivienda es «poder abrir las ventanas sin que el olor, y sobre todo, el ruido se metan en el piso». Por lo demás, admite estar encantado, ya que «cuando compré la casa sabía perfectamente dónde venía, no hubo sorpresas», declara.
FAMILIA MARTÍNEZ ETXEBARRIA
Avenida de las Universidades
De una fábrica al Guggenheim
El caso de la familia Martínez Etxebarria es justo el contrario que el de los Barreras. Cambiaron la tranquilidad del campo por el bullicio de la ciudad y la jugada les ha salido redonda. Cuando el matrimonio y su hija se trasladaron de Artziniega a la avenida de las Universidades de Bilbao, «hace ya doce años», lo «último» que se podían imaginar es que la fábrica de maderas que se levantaba al otro lado de la ría se iba a transformar en un «gigantesco» y «famosísimo» museo de titanio. «Hemos vivido todo el proceso de construcción. Mi hijo pequeño prácticamente ha crecido con el Guggenheim», comenta la propietaria de la vivienda, un luminoso piso de 250 metros cuadrados. «Lo compramos porque a mi marido le hacía ilusión vivir junto a la ría y los precios todavía eran razonables. Pagamos 25 millones de pesetas y ya nos parecía una barbaridad. Hoy en día no podríamos recomprarlo», aseguran.
Las impresionantes vistas sobre el Guggenheim y Abandoibarra son «impagables»: «somos unos privilegiados. Hay gente que recorre medio mundo para visitar el museo y nosotros es lo primero que vemos nada más levantarnos». Sin embargo, reconocen que vivir en la avenida de las Universidades «también tiene sus inconvenientes». «Es una zona bastante mal comunicada», lamentan. Pese a todo, los Martínez Etxebarria insisten en que las vistas compensan los «problemillas» de comunicación. «No te puedes imaginar el ambiente que tiene el museo. Músicos, gente bailando y... novios, muchos novios haciéndose fotos. Hemos visto tantas bodas que podríamos hacer nuestro propio álbum», bromean.
INMA BIZKARRA
Cantera de Mañaria
«Cuando hay voladuras, tiembla todo»
Inma Bizkarra padece en primera persona los «inconvenientes» de la actividad extractiva en Mañaria. Basta con asomarse a una ventana de su caserío, ubicado en el barrio Urkuleta, o salir a la huerta para toparse de frente con el «bocado» que ha provocado en la montaña la cantera Zalloventa. «El polvo va hacia un lado u otro según el viento. Cuando hay voladuras tiemblan las casas, los coches se quedan blancos y entra el polvo por las ventanas. Sientes tal impotencia que no te acostumbras nunca», confiesa. Inma asegura sentirse ninguneada por las instituciones públicas. «Les invito a todos los políticos a que pasen unos días en mi huerta con una tienda de campaña y sepan lo que es vivir aquí», señala.
Bizkarra considera que el hecho de que sea una localidad pequeña, de unos 450 habitantes, ha impedido atajar el problema. «Si fuese otro municipio más grande seguramente no se permitiría que ocurra lo que está ocurriendo aquí en estas proporciones, con tres canteras dentro de un pueblo. Hablan de desarrollo sostenible, pero lo que hay son muchos intereses de unos pocos que se llenan los bolsillos a cuenta de un pueblo y un entorno que tiene un gran valor natural y paisajístico», comenta enojada ante la imposibilidad de que pueda recuperarse «todo lo que se ha destruido». «Mañaria podría ser un lugar muy tranquilo, cercano a Durango y al parque natural de Urkiola, pero este pueblo ya no resulta atractivo», protesta.