La SPRI nació hace 25 años, en 1981, en un momento muy delicado de la reciente historia económica vasca, cuando el entramado industrial, obsoleto y escasamente diversificado, se mostraba incapaz de afrontar los retos competitivos que imponía la incipiente apertura al exterior y el enfrentamiento con estructuras productivas mucho más eficientes. El derrumbe de las principales empresas, muchas de las cuales habían protagonizado el esplendor de la industria de Euskadi, provocó despidos masivos que llevaron las cifras de paro a cotas socialmente insoportables. La recién nacida Administración vasca decidió crear una organización que paliase los problemas y crease nuevas oportunidades de negocio capaces de absorber el paro y proporcionar nuevos empleos alternativos. Superada la fase de sostenimiento del edificio industrial y de apuntalamiento de estructuras, la SPRI fue pionera en la introducción y difusión de las nuevas tecnologías y colaboró en la internacionalización de la empresa vasca, completando una acción iniciada antes por las cámaras de comercio.
Hoy vivimos un momento completamente distinto. Las empresas pequeñas y medianas, más ágiles y flexibles, más sofisticadas y con personal mucho más especializado, han acaparado el protagonismo perdido por los grandes conglomerados, pesados, obsoletos y cargados de personal no cualificado. El indudable éxito de este proceso es el que se encuentra detrás de las buenas cifras que arroja la economía vasca en capítulos como el empleo y la renta per cápita. Por eso, el reto de la SPRI consiste en acomodarse a las nuevas necesidades del entorno, que no son otras que la innovación, la investigación y el desarrollo, para mantener en nuestras empresas el nivel de competitividad que exige un mundo completamente globalizado. Es la mejor manera de evitar caer en la molicie de tantos otros organismos públicos que olvidaron su pasado y perdieron la razón de su existencia, justificada sólo por la inercia apática de los presupuestos públicos.