Decíamos ayer (esta frase me sigue sonando de algo) que lo de la mujer trabajadora no es un invento del siglo XX, sino más bien del XIX y aún diría que del XVIII porque hace más de cien años en Bilbao existían mas de una docena de trabajos, alguno de ellos de gran dureza y riesgo, que eran realizados exclusivamente por el género femenino.
Y al hablar de un trabajo duro, vamos a hablar hoy de las cargueras, que eran aquellas enérgicas mujeres (de lo de la energía hablaremos también) que se encargaban de descargar el carbón o el bacalao (o lo que fuere) de las gabarras para llevarlo al muelle, no sólo con esfuerzo, sino también con riesgo. Y del riesgo vamos a hablar hoy, comentando una gacetilla que se publicó el 21 de septiembre de 1879 y que decía así:
«Llamamos la atención de quien corresponda, hacia el peligro inminente que corren de sufrir una caída mortal, las mujeres que se dedican en el muelle de Ripa a la descarga de carbón de los gabarrones, pues están pendientes de una simple tabla demasiado estrecha que forma un plano las más veces inclinado y sin defensa».
De esta noticia deducimos que aquellas esforzadas mujeres bilbaínas, además de cargar con el cesto de carbón a la cabeza, tenían que dedicarse a la práctica del funambulismo pasando de la gabarra al muelle sobre un estrecho tablón.
Aquel peligro denunciado por 'El Noticiero Bilbaino',tuvo su confirmación dos días más tarde en esta otra gacetilla que pude encontrar en el mismo periódico y que decía así: «Al pasar ayer una mujer desde la gabarra a la glorieta cayó y con tal mala suerte que se fracturó una pierna. Motivo más para que se atienda nuestra indicación hecha el domingo sobre la urgencia con que convenía se tomara alguna medida que evitara este género de desgracias».
Como se puede comprobar, el trabajo de aquellas bilbaínas, no se reducía sólo al esfuerzo de ir y venir de la gabarra al muelle, con su carga de carbón a la cabeza una y otra vez para cobrar un pobre jornal, sino que encima se jugaban la integridad física. Supongo que después de lo publicado, la autoridad tomaría cartas en el asunto para exigir pasarelas anchas.
Pero no era éste el único peligro al que se enfrentaban las esforzadas cargueras. Aún estaban expuestas a otro, del cual hablaremos Deo volente mañana porque hoy se me acabó el espacio disponible.