Martes, 28 de noviembre de 2006
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CULTURA

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El banco
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Tarde-noche apacible, suave brisa y gente sin prisa sentada en un jardín de la ciudad, un oasis urbano que tanto agradecen los viejos, los que sacan el perro a ventilar el hocico y las heces, y también disfrutan cuando caen los atardeceres, grupos de jóvenes liandose los petas y trasegando cerveza alborotados y a la vista de callados ancianos que les observan con cara de querer decir ¿cómo están los tiempos, señores! Se ve que los abuelos miran sin estupor, resignados, a los chicos que se están fumando los porros y pasándose de alcohol ante sus narices, jugando a los juegos prohibidos sin esconderse siquiera de los mayores. Los tiempos marchan y cambian las marchas juveniles.

Puede ser un parquecillo con triángulos de verdor inscritos en un cuadrado del callejero. En algún banco se echan una reparadora siesta los obreros de una obra de enfrente, y duermen al raso indigentes o algún sin papeles. Unos parterres y unos árboles bajo los que se mezclan los vecinos de siempre y transeúntes de quién sabe dónde que pasaban por allí y se sientan pensativos en un 'banc public' de los de antes y de ahora, los mismos en los que sentaba Brassens a los enamorados en los versos de su canción. El típico banco público que uno descubre en un rincón recoleto, un alivio en el deambular de zonas peatonales, en una plaza elíptica, cuadrada o circular o de irregular trazado. Un banco, elemento clave del mobiliario metropolitano, el reposo del paseante, cuesta una pasta según informaba días atrás este diario.

La variedad de bancos públicos va por barrios, por materiales, por diseño. De piedra, de hierro, de cemento, o de bronce con estatua sentada incluida a veces. Bancos públicos que salen por un pico y no sólo porque los firme un Gaudí o el urbanista de postín. Los hay ergonómicos y más caros que muchos sofás que tenemos en el salón doméstico. Sabiendo sus precios, centenares de euros a la intemperie, sentarse en un banco público hasta pone el culo inquieto.

 
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