Las obras para el tren de alta velocidad que unirá las tres capitales de Euskadi ya han comenzado en algunos tramos. Es el caso de Luko, localidad alavesa a quince kilómetros de Vitoria. Llegar a la zona donde se desarrollan los trabajos desde hace cinco semanas no resulta fácil.
Un estrecho camino ideado para el tránsito de bicicletas, una especie de pista forestal plagada de baches y pedruscos sueltos, enfila del pueblo hacia el monte. La circulación, lenta por las circunstancias, permite leer numerosas pintadas en las fachadas de las casas o las pancartas colgadas en balcones de Urbina y Luko. Todas ellas se oponen al TAV.
Dos obreros que trabajan en las primeras labores del futuro tren explicaron ayer a este periódico su estado de ánimo tras las presiones a las que se ven sometidos por el entorno de la izquierda abertzale.
Uno de ellos tiene diecinueve años, es de Bilbao y se encuentra en la zona desde el arranque de las labores, un mes largo. Su compañero -vitoriano de 33 años- debutaba ayer. «La primera semana estuvimos sin seguridad», indica el primero. «Pero ya llevamos un mes con la protección privada que ha contratado la empresa y que está las veinticuatro horas, también sábados y domingos. Además, la Ertzaintza viene a patrullar casi todos los días por aquí».
Se les pregunta si sienten inquietud. «Yo ahora estoy mucho más tranquilo. Hombre, sientes un poco de respeto cuando oscurece y los ves bajar de los montes». ¿Cuántos? «Suelen venir grupos de hasta treinta personas». ¿Y qué hacéis? «Pues callar, llamar a la Ertzaintza y esperar a la patrulla». ¿Qué os dicen? «Nos llaman cómplices».
Interviene su compañero para recalcar que ambos son trabajadores. «Somos currantes. Venimos a ganarnos la vida. Tengo una hija y tengo que darle de comer». Vuelve el primero, más joven. «Yo vengo a trabajar y con mi pan no juega nadie, eso está claro. Ya comprendo que éste es su pueblo y que quieran el medio ambiente. Si me dan ellos el sueldo que gano, me quedo en casa».