Miércoles, 6 de diciembre de 2006
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CULTURA

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«El Guggenheim necesita un director artístico»
Ramón Zallo, profesor de la UPV y coordinador del Plan Vasco de la Cultura, acaba de publicar un libro sobre el pasado, el presente y el futuro cultural de Euskadi
«El Guggenheim necesita  un director artístico»
Ramón Zallo, asesor de Cultura, en Lakua. / BLANCA CASTILLO
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Ramón Zallo piensa que la cultura es productiva: fomenta la creatividad y crea empleo en una sociedad donde las ideas valen millones. Sobre esta línea ha desarrollado su investigación este profesor de la UPV que ahora trabaja como asesor del Gobierno de Ibarretxe, en el que ha coordinado el Plan Vasco de la Cultura. Zallo (Gernika, 1948) acaba de publicar 'El pueblo vasco, hoy' (Alberdania).

-Usted defiende en esta obra que el euskera es la nota básica de la identidad vasca. ¿Le correspondería algún papel al castellano?

-El euskera es un hecho fundamental de la cultura vasca, pero no el único. El castellano y el francés se han asimilado como propios en nuestra comunidad cultural, dada su vigencia en las relaciones sociales. El camino es lograr que todos seamos bilingües.

-¿Tendría que ser el euskera obligatorio?

-Yo creo que hay una obligación moral colectiva para que el euskera sea hablado por el mayor número de personas, y que el bilingüismo debería conseguirse en el espacio de una generación. Pero ahora mismo parece bastante inconveniente plantear esa medida. Hay muchas personas que no son euskaldunes. Por lo tanto, sería inútil e incorrecto. El euskera requiere consensos muy amplios, no puede ser causa de conflictos.

-Tanto en su libro como en el Plan Vasco de la Cultura parece que el País Vasco debe tener de todo: orquestas, ballets, teatros y editoriales propias, entre otras cosas. ¿Defiende un modelo autárquico o de independencia cultural?

-Si se entiende por un modelo cerrado de cultura, no. Los jóvenes están en permanente contacto con Internet y los creadores están abiertos a todo lo que sucede en el mundo. No hay posibilidades en este sentido de plantear la autarquía. Otra cosa es crear una serie de infraestructuras para generar una creatividad propia, y que pueda además cotejarse con otras culturas en niveles de calidad y recursos creativos. Eso lo tenemos que hacer, y pasa por la difusión, por la creación de infraestructuras e industrias culturales y por el sistema educativo. Por unos presupuestos que sean crecientes y que pongan la política cultural, no digo en el puesto de mando, pero sí en la centralidad.

-Cosa que ahora no sucede.

-Efectivamente. Esperamos que con el tiempo la clase política se convenza de que apostar por la cultura no es gastar, sino invertir para adaptar a una colectividad a los cambios no sólo culturales, sino también tecnológicos, sociales y económicos. Ese masaje colectivo lo da la cultura y no otra cosa.

-¿Cómo encaja el Guggenheim en ese esquema de generar recursos propios? Al fin y al cabo depende de una fundación extranjera.

-La verdad es que no encaja muy bien. Fue una intervención política y algunos fuimos muy críticos con esa opción. No responde al modelo de crear infraestructuras propias. Pero el efecto positivo en la economía es innegable, lo mismo que su éxito social y la visibilidad internacional que ha dado a la ciudad. El museo ha sido aceptado como algo propio por el prestigio que supone, pero al mismo tiempo tiene que implicarse en el ámbito que le competente en el País Vasco, en las artes visuales.

-¿De qué modo podría implicarse?

-Bueno, que yo sepa aún no está elegido el director artístico y eso es algo que necesita el museo para que pueda darse esta implicación.

-Pero han pasado casi diez años desde que se inauguró y, por ahora, al director artístico no se le espera.

-Bien, digamos que esa figura es un campo interesante a explorar en el futuro. El Guggenheim fue una opción de política urbanística y de política de imagen, tanto de la ciudad como del país. ¿Qué nos ha dejado eso? Pues un gran monumento, que es el mismo edificio, pero sigue estando pendiente la política cultural.

Viveros culturales

-Se ha criticado el Plan Vasco de la Cultura por su dirigismo, porque parece que quiere tener control sobre cada parcela creativa.

-Yo creo que la gente que lo critica de esa forma está equivocada, porque fue un proceso de abajo a arriba, una de la experiencias más democráticas que se ha hecho nunca en la historia de la política cultural. Sobre algunos temas, la Administración no tenía un punto de vista propio y, sin embargo, por aquello de que quedara constancia, se incluyeron en el plan.

-También se ha dicho que es la parte cultural del plan Ibarretxe.

-Es que no tienen nada que ver. El Plan de la Cultura es para la creación, para la producción, para el disfrute, para las infraestructuras, nada que se relacione con un proyecto político. Si fuera así, ¿por qué la Diputación de Álava y el Ayuntamiento de Vitoria apoyaron sus contenidos? La pretensión es la contraria, sacarla de los viveros políticos para meterlo en los viveros culturales, que es su sitio, su espacio.

-¿Vamos con retraso en su aplicación?

-Se han puesto en marcha los apoyos estadísticos, de información, de coordinación entre instituciones, se han abierto nuevas vías de financiación y ahora una de mis máximas preocupaciones es que todo esto salga al exterior, a través del Instituto Etxepare. De las 120 acciones, se ha cumplido el 62,12%.

-Pero, ¿Cuándo una ciudadano vasco podrá beneficiarse de algo concreto que proceda del plan?

-El presupuesto para creación y patrimonio ha aumentado en un 11% para 2007. ¿En qué se traduce eso? En lo que se refiere al audiovisual, se van a mejorar las cuantías, por ejemplo, en los aspectos multimedia, en la creación de cine por Internet, etc. En danza se pretende hacer algo significativo, y luego es cuestión de que los creadores se presenten a las convocatorias.

 
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