Domingo, 10 de diciembre de 2006
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Solidaridad vascongada
El 13 de diciembre de 1906, tras arduas negociaciones, representantes de las Diputaciones vascas y del Gobierno firmaron la renovación del Concierto Económico
Solidaridad vascongada
GERNIKA. Símbolo de los Fueros vascos. / EL CORREO
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A finales de octubre de 1906, una enorme llama de ardor patriótico se extendió por todo el País Vasco. El motivo de tanto orgullo nacional no fue otro que la cercana negociación para la renovación del Concierto Económico. Aquel evento, obligado para más señas, provocó una ola de unión y solidaridad general impresionante. Ya el día 21 de ese mes, el delegado del Partido Nacionalista Vasco, don Ángel Zabala, publicó una carta en La Gaceta del Norte, dirigida a toda la prensa vasca, en la que realizaba «un llamamiento patriótico al objeto de elevar, en nombre del país, a las Comisiones de las Diputaciones que vayan a Madrid a renovar el Concierto Económico, un mensaje de adhesión» que sirviera de apoyo en la difícil tarea que debían de afrontar. Exhortaba y animaba a que lucharan por ampliar el Concierto y, en la medida de las posibilidades de los comisionados, a aumentar para el país las atribuciones autonómicas. Para ello proponía que representantes de todos los diarios vascos se dieran cita en Zumárraga con el fin de redactar un documento de apoyo. La idea del líder nacionalista fue tan bien recibida que, incluso, se completó con una propuesta hecha por el director de La Gaceta del Norte, en la que pedía se convocase una multitudinaria manifestación para despedir a los comisionados el día de su partida hacia Madrid.

El régimen de Conciertos Económicos surgió -para algunos como compensación, para otros como fórmula de engarce de la provincias vascongadas con el resto de España, tras la abolición foral de 1876-, a través del Real Decreto de 28 de febrero de 1878, por el que quedaba establecida la forma en la que el País Vasco habría de contribuir a la Hacienda central. Se estipulaba que cada «provincia -como señala Manuel Montero-, pagaría al Estado el montante global que le correspondiese y las diputaciones se encargarían de recaudar los impuestos, y, además, de establecer con qué contribuciones se recaudarían esos fondos, que no tenían porqué ser las que regían en el resto de España». Aunque en un principio se pensó como una medida transitoria, el sistema se institucionalizó en 1887 y se prorrogó de nuevo en 1894. Habían pasado, por lo tanto, doce años desde la última puesta al día. Evidentemente urgía, sobre todo al Gobierno, actualizar los cupos.

Respaldo unánime

Para los vascos, aquel singular sistema de contribución no era, en absoluto, un mero ordenamiento administrativo. El Concierto Económico conectaba directamente con el pasado foral al mismo tiempo que se convertía en la piedra angular de un determinado, aunque mermado a juicio de muchos, derecho a decidir sobre sus asuntos. Por eso se solicitó en 1906, que todas las instituciones, instancias industriales y financieras, prensa y fuerzas vivas en general dieran su apoyo a la Comisión -formada por los representantes de las tres Diputaciones vascongadas-. De ahí la convocatoria realizada por Ángel Zabala y que fue secundada por los directores de todos los diarios del país. La reunión solidaria se celebró en Zumárraga y en ella quedó claro el respaldo unánime a los comisionados. Todos ellos coincidieron en apelar abiertamente a la solidaridad. Y es que eran muchos los enemigos que no admitían aquel rasgo de singularidad vasca.

Si el apoyo que obtuvo el documento de Zumárraga -firmado por los directores de El Noticiero Bilbaíno, El Nervión, El Porvenir vasco, El Pueblo Vasco, la revistas Bilbao, Euskalduna y El Pueblo y el semanario nacionalista Aberri-, fue apabullante, la manifestación organizada en Bilbao, el 1 de noviembre, para despedir a los comisionados fue impresionante. Todas las clases sociales estuvieron representadas. Industriales, financieros, comerciantes, trabajadores, hasta el Obispo de la diócesis acudió a dar la bendición a los comisionados. En El Noticiero Bilbaíno se señaló que aquel multitudinario gesto de apoyo fue «un acto serio, como corresponde á un pueblo digno y viril que prodiga poco esta clase de manifestaciones pero que cuando las realiza resultan de verdadera fuerza». Sin embargo, tanta euforia no evitó que los problemas aparecieran casi de forma inmediata. Es más, desde el principio, los síntomas que se manifestaron desde Madrid no fueron en absoluto halagüeños.

De entrada, al día siguiente de la partida de los comisionados se declaró una crisis de gobierno. ¿Con quién negociar entonces? Por fortuna, en aquella España de la imprevisibilidad previsible los gobiernos caían y se reponían como si tal cosa. Quizás lo peor fue la campaña antivascongada que determinados diarios madrileños lanzaron contra el Concierto Económico. Los más distinguidos en el ataque furibundo contra los vascos fueron El Imparcial, El Liberal (edición madrileña) y El Heraldo de Madrid. Los tres pertenecían a la Sociedad Editorial de España propiedad de una compañía mercantil para quien los privilegios de las provincias vascas eran una injusticia manifiesta en relación a otros lugares de España. Tanta inquina se vertió en aquellos diarios que en Bilbao se llegaron a quemar periódicos llegados de la capital de España.

Negociaciones

Las negociaciones se prolongaron durante más allá del mes de noviembre. Ya en diciembre y cuando parecía podía llegarse a un acuerdo... nueva crisis de gobierno y a esperar. El ministro de Hacienda, Navarro Reverter, exigió a los comisionados que se aumentara el cupo en cuatro millones de pesetas más. Una petición a todas luces imposible. Las provincias vascas no podían pagar semejante cantidad. Por fin, tras un tira y afloja tan emocionante como a veces poco serio, se firmó el acuerdo sobre el Concierto el 13 de diciembre. El resultado fue mucho mejor que lo que los más optimistas habían llegado a augurar. A pesar de eso, pronto se levantaron voces en el País Vasco que acusaron a los comisionados de blandos, primero por haber permitido una subida y, segundo, por no haber exigido la reintegración foral. Y es que, también entonces los había que no se conformaban con nada.

 
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