Cuentan que en África, en los tiempos de las grandes sequías, cuando las gargantas se agostan y los ojos imploran la humedad de las nubes, los ancianos recurren a unos hombres honorables y sabios que conocen el secreto del agua. Son los 'rainmakers', los hacedores de la lluvia. Durante estos días Bilbao asiste al encuentro de una veintena de jóvenes llegados de todo el mundo. Comparten una voluntad poco común por ponerse en el lugar del otro, por entenderlo y comprenderlo, por dialogar. Les llaman 'peacemakers', los canteros de la paz, obreros de la palabra.
Alguno, como el palestino Hasan Faraj, perseguido decenas de veces por los soldados israelíes y con la frente marcada por los golpes, escucha en silencio los argumentos de la judía Natalya Kireeva sobre la necesidad del estado de Israel. El tibetano Tashi Choepel promueve sin vergüenza el diálogo con los invasores chinos que masacran y destruyen el pueblo de sus padres, una tierra que nunca ha conocido y que, tal vez, jamás conozca. Stella Maris Mulaeh, keniata, habla de su experiencia de mediación entre policías y estudiantes para evitar disturbios y muertes en las universidades de Nairobi. El musulmán turco Talha Köse cita a los kurdos...
En este país, tan necesitado de gentes con capacidad para escuchar, tropezarse con estos jóvenes deseosos de entender y hacerse entender posee un efecto balsámico. «Es importante que se conozcan unos a otros, que vean otros países, que puedan conversar en escenarios distintos a donde tienen su origen los conflictos. Estos muchachos serán futuros líderes en sus comunidades, políticos, pensadores... Los encuentros personales tienen mucha fuerza, pasan a integrar el ADN de las personas», subraya Paul Ortega, secretario general de Pax Romana (Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos).
El encuentro, organizado por Barandiaran Kristau Alkartea-Pax Romana con el apoyo del Ayuntamiento de Bilbao y de la Dirección de la Juventud del Gobierno vasco, es una prolongación del Congreso Internacional sobre el Diálogo Intercultural e Interreligioso celebrado el pasado año en Bilbao. Entonces, Aviezer Ravitzky, profesor de la universidad hebrea de Jerusalén, declaró «es posible resolver un conflicto entre países mediante un compromiso político. Es mucho más difícil resolver un conflicto entre pueblos porque intervienen sus memorias históricas colectivas».
¿Quién mejor que los ciudadanos vascos para entender esa paradoja? Ahora que tanto se habla de diálogo y de negociaciones, por qué no encargar esa tarea a profesionales del oficio. De momento, no hay vascos obreros de la palabra, tipos capaces de sentarse en una mesa en el Goiherri o en La Rioja alavesa a cicatrizar heridas. «Es cierto. No podemos esperar que los líderes políticos o religiosos nos solucionen los problemas. Si alguien piensa que los políticos van a pacificar este país están equivocados. Debe ser un movimiento que la sociedad civil debe impulsar», reflexiona Paul Ortega. «Habría que trabajar con gente joven en ese campo. Porque el reto es encontrar la manera de vivir juntos».
TASHI CHOEPEL
Budista tibetano
El poder de la compasión
Su padre, Jimpa Choepel, fue uno de los guerrilleros tibetanos adiestrados por la CIA en el reino de Mustang para atacar a los invasores chinos. Cuando EE UU estableció relaciones con la China de Mao, aquellos luchadores que emboscaban a los soldados rojos en las laderas de los Himalayas se quedaron perdidos en mitad de la nada, en el techo del mundo. Jimpa y su esposa, Karma Yangchen, iniciaron el camino del exilio. Se instalaron en el norte de la India, en Dharamsala, el lugar elegido por el Dalai Lama para establecer el Gobierno tibetano en el exterior. Allí nació Tashi Choepel, en un campo para refugiados.
Para no olvidar sus raíces, los niños del exilio aprenden en la escuela danzas y costumbres tibetanas, memorizan las prendas que usan sus mayores, los nombres de los paisajes donde pacen sus yaks y cantan canciones que alaban a una tierra que no han visto nunca. «Nuestra situación es tan frágil después de 47 años de exilio que todos nuestros empeños se destinan a conservar intacta nuestra cultura, nuestra principal riqueza», subraya Tashi. Pero cada día es más difícil. Los jóvenes de su edad, influidos por la TV por cable y por la «liberalización india» adoptan las modas occidentales. Muchos emigran a Occidente. Se van y Tíbet desaparece.
En Tíbet, los chinos detienen y torturan a los disidentes (están documentados 132 casos de sevicias recientes en la cárcel de Draphi), derriban los templos centenarios, destruyen bibliotecas y aniquilan la cultura tibetana. Miles de chinos se han instalado en el país y han impuesto sus modos de vida: los karaokes, las casas de apuestas, los rascacielos, los centros comerciales, las salas donde juegan al mahjongg, los burdeles... «Nos hemos convertido en una minoría en nuestro propio país», denuncia Tashi Choepel.
Su padre (al que apenas conoció) empuñó las armas contra los invasores. Tashi, siguiendo el ejemplo del Dalai Lama, prefiere practicar la compasión, base del ideario budista: todos los seres vivos sufren. Los chinos no son una excepción. «Su Santidad el Dalai Lama promueve el diálogo con las autoridades chinas y propugna la no violencia. En 1989 presentó en Estrasburgo un plan de cinco puntos para una solución de acuerdo mutuo. Ése es el camino. Enfrentarse y luchar no provoca más que sufrimiento y ésa no es la solución. Personalmente soy un firme creyente en la lucha por la independencia, pero siempre desde la no violencia como propugna Su Santidad. El Dalai Lama es una figura preciosa para nosotros, la reencarnación de Buda», explica este joven que descubre Europa de la mano del encuentro interreligioso e intercultural.
Mientras charla y conversa con sus nuevos colegas, Tashi no puede dejar de pensar en su gente. Hay ya más de 120.000 tibetanos refugiados en India, Nepal y Bután. Y el goteo no cesa. Abrigados apenas con unas mantas, medio descalzos, los tibetanos que huyen del régimen chino ascienden los Himalayas «para buscar un futuro». «La mayoría son mujeres y niños. En septiembre, un grupo de 72 cruzó las montañas. Fueron sorprendidos en el paso de Nangpa por los guardas fronterizos chinos. Unos escaladores rumanos grabaron en vídeo las palizas. Mataron a una monja a palos y rompieron las piernas a otra persona del grupo. De los 72 sólo 40 llegaron a India. Del resto nadie ha vuelto a saber nada», se duele. Menos mal que a Tashi y a su pueblo les guía la fuerza de la compasión.
NATALYA KIREEVA
Judía rusa
En busca de una identidad
Natalya Kireeva es una joven delicada, casi transparente. En un inglés precioso habla de su ciudad, Kirov, 900 kilómetros al este de Moscú y de su abuelo Joseph, judío secular como ella. Natalya conserva en la memoria las preciosas historias de aquel hombre, pequeñas anécdotas familiares de rabinos, encuentros, canciones y ceremonias que han tapizado su personalidad.
Porque Natalya Kireeva, licenciada en Estudios Bíblicos y Judíos y representante del Congreso Judío Euroasiático, es una joven en busca de identidad. «Tengo un nombre ruso, no judío, y estudié en Moscú. Provengo de una familia mixta: mi madre es ortodoxa y mi padre procede de una familia judía secularizada. Mis padres no me han impuesto nada, han tratado de que sea libre para que pueda hacer mi propia elección», dice. Y en eso está.
La religión nunca estuvo prohibida en la antigua Unión Soviética. Era tolerada (en especial la muy nacionalista iglesia ortodoxa rusa) y se estudiaba el asunto con la misma óptica que a los fenómenos de feria, bajo la lupa del llamado «ateísmo científico». El judaísmo es un gran desconocido para los rusos. Kireeva pasó meses entrevistando a viejos judíos rusos, rescatando sus canciones y refranes, sus ceremonias, documentando el pavor ante el Holocausto, conversando con supervivientes de la persecución. «Yo buscaba saber... Y así me convertí en la última judía de la familia, para continuar esa tradición y poder trasladarla a mis hijos. Yo he tenido esa posibilidad. Y la quiero también para los demás: la capacidad de elegir es fundamental para el diálogo interreligioso. La religión es para mí una identidad conectada con las tradiciones. La gente en Rusia ha perdido sus recuerdos y sus ancestros. Yo no quiero dejar que mi pasado desaparezca», explica.
Con el pasado aferrado ya a la memoria, Natalya Kireeva quiere tejer el tapiz del futuro. Un futuro, tal vez, en Israel. Esta profesora de la historia del judaísmo ha encontrado en esa tierra lo que andaba buscando: raíces, sentido, pertenencia... En Bilbao se sorprende hablando de tú a tú con Hasan, el representante palestino. «Ambos tenemos familiares asesinados. Cualquier aproximación es difícil porque están los muertos. Hay que poner delante a las víctimas de unos y de otros y tratar de superar las barreras, construir un puente de diálogo y parar la guerra, parar la violencia. Sin violencia se puede crear un puente que será recorrido por quienes quieran hablar. Hasan y yo -resume- estamos en el mismo barco».
ESTELLA MARIS MULAEH
Católica keniata
Pacifismo en las aulas
Viste esta keniana una camiseta gris con un mensaje de Naciones Unidas impreso a la espalda. 'Paz = Diálogo y No Violencia Activa'. Una receta en apariencia sencilla, pero complicada de llevar a la práctica. Estella Maris centra sus esfuerzos en mitigar los enfrentamientos entre policías y estudiantes universitarios que, a menudo, se saldan con víctimas mortales «como sucedió en 1990», recuerda. «Estamos empezando a promover en mi país un modo de protesta pacífica. Queremos cambiar el modo en que se relacionan estudiantes y policías. También creamos comités de paz, grupos para mitigar los conflictos. La paz es nuestro elemento clave y central», asegura esta joven de 28 años que prefiere mantenerse ajena a la identidad tribal. «Tengo un apellido, Mulaeh, que no es fácil identificar con ninguna tribu. Soy keniata y pido respeto para mi identidad», señala esta representante de Pax Romana África.
En Kenia coexisten 42 tribus diferentes. Este hecho exacerba y encona disputas y enfrentamientos. «Hay ocasiones en que los líderes estudiantiles, que se forjan en las universidades, no pueden hacer carrera política si pertenecen a una tribu poco favorecida o respaldada. Lo peor es que en mi país los episodios de violencia a menudo se ventilan con machetes en la mano», cabecea. Estella Maris Mulaeh muestra su orgullo por haber sido seleccionada para un programa de Naciones Unidas dirigido a formadores y sostenedores de la paz en África. Era la única mujer (junto a la subsecretaria de Defensa de Uganda) en un grupo de 50 varones, la mayoría adornados por las doradas charreteras de mariscales y brigadieres. «Fue un gran logro. Estuve destinada en Sudáfrica», presume mientras airea que en breve viajará a Kioto (Japón) para continuar aplicando la sencilla fórmula que amansa el mundo: paz es igual a diálogo.
TALAH KÖSE
Musulmán turco
Llaman a la puerta
Su batalla es tratar de borrar de la mente de sus interlocutores la imagen de que los musulmanes son, de entrada, enemigos. «Hay mucha mala información», explica este turco que charla apasionadamete sobre pobreza, integración, xenofobia... «La solución para los problemas de integración que padece Europa pasa por tomar soluciones políticas globales que acaben con esa división entre Norte y Sur, entre ricos y pobres. ¿Sabe? Uno de los grandes problemas de la globalización es que hay gente muy bien preparada en países poco desarrollados que no tienen posibilidades de desarrollar sus conocimientos y habilidades. No pueden ganarse la vida. A Europa le espera un futuro multicultural. Aquí tienen una población envejecida y poco dinámica. Y está llegando de fuera gente preparada y activa», advierte.
HASAN FARAJ
Musulmán palestino
Sonrisas frente a la fatalidad
Hasan vio su primer muerto cuando tenía 13 años, durante la intifada de 1987. Fue en las afueras del campo de refugiados de Deihasha. Unos muchachos arrojaban piedras a los soldados. Sonó un disparo y un vecino de Hasan cayó muerto a sus pies, con un balazo en la cabeza. «Después ha habido muchos más», dice. Pese a todo, Faraj es un tipo divertido, bromista, jovial, que recorre las calles de Bilbao entre saltos, haciendo fotos de todo, mirándolo todo y sorprendiéndose con todo. «En una ocasión leí una pintada: 'amamos la vida mientras la podamos tener'. Trato de vivir así. Los palestinos no somos gente que nos abandonemos porque la muerte esté rondando», dice. Ahora que se masca la guerra civil en su tierra, Hasan pone todo su empeño en hacerse entender con los judíos («el nuestro no es un conflicto religioso»), sin olvidar el resplandor de los cañones de los tanques, pero mostrando el poder de su sonrisa y la certeza de que la vida merece la pena ser vivida.
j.mendez@diario-elcorreo.com