El informe sobre la convivencia en los colegios ha puesto de manifiesto el «divorcio» que existe entre los profesores y los padres sobre la forma de educar y conducirse con los alumnos. Los primeros responsabilizan a las familias de haberles puesto en tela de juicio y de haber menoscabado su autoridad. Más de la mitad de los docentes asegura que algunos escolares son conflictivos y revientan las clases porque en sus hogares nadie les impone límites ni les inculca los valores del respeto y la idea de que hay que esforzarse para lograr objetivos.
Las discrepancias entre los educadores y los progenitores asoman a lo largo del estudio. Según el Ararteko, los padres se aferran a una visión «idílica» de las aulas, se resisten a reconocer los problemas que detectan las autoridades del centro y, a veces, tampoco aceptan la forma en que se resuelven. Un dato ilustrativo es que el 60% de las familias denuncia que a su hijo le insultan en clase, mientras que sólo el 0,8% admite que puede ser él quien profiere los insultos. Y algo parecido ocurre con las agresiones físicas, los robos, los destrozos
Las conversaciones de los profesores con los autores del informe, incorporadas en la parte cualitativa de la encuesta, son elocuentes. «Los padres cuestionan nuestro trabajo, se meten en todo, pero no le dirán al médico lo que hace», se queja un docente. «Le tenemos más miedo a una reunión de padres que a los alumnos», confiesa otro. «Yo estoy muy cansada -tercia una compañera-. Veo que profesionalmente estamos desprestigiados. Y luego nos cargan casi todos los problemas de la sociedad y a la vez nos dicen que no hacemos nada».
Enseñar de otra manera
Algunas familias reconocen que las quejas de los educadores son justas. «Les hemos quitado la autoridad», confesó un padre, miembro de un consejo escolar. Sin embargo, los docentes no sólo cargan la culpa a los hogares, sino también a la sociedad. Reclaman, además, más apoyo a la Administración vasca para abordar los con-flictos. «Yo no creo que la escuela responde a lo que hoy en día se vive», asegura uno de ellos. «Creo que no nos hemos adaptado. Ni sabemos ni nos han dado medios para ello. Para intentar enseñar de otra manera».
Un padre denuncia, de forma descarnada, que la escuela se ha convertido «en un reflejo de la calle, y la calle es violencia pura y dura». Los alumnos aportan al informe una breve lista de argumentos para hostigar a un compañero: por la forma de vestir, por su debilidad física, si está solo, por alguna enfermedad o simplemente por su físico, sin conocerle siquiera. «El mejor alumno es el que no se esfuerza, el inteligente pero vago», se lamenta una profesora.
Los adolescentes tampoco prodigan elogios. El 21% de los chicos aseguran que los profesores les tienen ojeriza. El 11% les acusan de ridiculizar a alumnos y el 6,7%, de llegar a amenazarles. Los porcentajes son más bajos entre las chicas.
Sin embargo, lo más paradójico del informe es que, cuando se les pregunta a los alumnos por el tipo de educador que más valoran, descartan al profesor 'blando'. Resaltan con frecuencia la capacidad de poner orden, «de hacerse respetar», aunque no se refieren a la autoridad de antaño, sino a otra de tipo más participativo y que no se limite a transmitir órdenes.