El azar quiso que los dos desaparecidos en el atentado fuesen ecuatorianos, aunque Diego Armando Estacio y Carlos Alonso no fueron juntos a la Terminal 4 de Barajas y seguramente ni siquiera se conocían. Los dos habían acudido a recoger a familiares o amigos que llegaban en avión y, en vez de entrar al edificio principal para esperarles, prefirieron quedarse en el aparcamiento.
Diego se proponía «echar una cabezada» mientras su novia recibía a los recién llegados. Tras la explosión, la chica sufrió una crisis nerviosa y acudió a los periodistas, en un intento desesperado de hacer llegar un mensaje al novio desaparecido: «¿Diego, si me escuchas, llámame!», rogaba. El joven, de 19 años, lleva dos años y medio en España, y la embajada de Ecuador todavía no ha podido ponerse en contacto con los parientes en el país sudamericano.
La desaparición de Carlos, que reside en Valencia desde hace cinco años, no se conoció hasta última hora de la mañana. Sus familiares estaban ayer desesperados: «Queremos tener alguna noticia, aunque sea mala», decía su tía Eina. Carlos, de 35 años, había viajado a Madrid acompañando a un amigo que tenía que recoger a su mujer. Al parecer, también se quedó descansando en el coche mientras su amigo iba hasta la terminal. Los dos hombres tenían agotada la batería del móvil, lo que dificultó obtener noticias suyas.
Los familiares de Carlos residen en una vivienda humilde del barrio de Marxalenes. «Yo lo traje a España hace cinco años y desde entonces trabaja en la construcción o en lo que salga», relata su tío, Luis Antonio. Carlos es soltero, aunque ejerce como cabeza de familia desde la muerte de su padre, hace cuatro años. Envía dinero periódicamente a su país e incluso está ayudando a su madre para que se compre una casa. El ministro del Interior se ha comprometido a sufragar el viaje a España de uno de sus hermanos.