Martes, 2 de enero de 2007
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DEPORTES

LA CRISIS DEL ALAVÉS
El alma del Alavés
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Todo pueblo a lo largo de su historia se va dotando de unos signos de identidad que configuran su personalidad. Desde el plano deportivo, el Alavés ha sido, con sus altibajos y penurias, un digno representante y embajador de la personalidad alavesa a lo largo de España y Europa, donde ha sido respetado por su humildad y pundonor, sustantivos que hoy deberíamos recordar con mayúsculas. Porque no hay que olvidar los frecuentes halagos que el seno del club ha recibido siempre en todos los estadios donde ha jugado.

Resulta lamentable comprobar cómo un ser ajeno a este 'mundo', que vive en su propia dimensión, puede llegar a adulterar y ensuciar la honrosa imagen tradicional de un club del que apenas posee un escaso 1% de acciones por encima de la mitad. Pero lo que está claro es que por mucha mayoría que tenga, de puertas para adentro, no existe Piterman que compre el sentimiento y el alma del equipo, que no se encuentra sólo en el 49% del accionariado minoritario, sino en todos los alaveses -aficionados o no- que admiran al club como patrimonio deportivo y sentimental de este pueblo.

El alma del Alavés es el combustible necesario para que el motor del barco en el que navega el equipo siga funcionando. Podrá ser ignorada, despreciada, incluso se podrá pretender que desaparezca, pero cuando el dudoso capitán de esta embarcación haya naufragado, el alma saldrá de nuevo a flote, con más fuerza que nunca y con la lección bien aprendida. Será entonces el momento de que todas las fuerzas sociales públicas y privadas hagan un esfuerzo y, en un gesto de alavesismo, no donen, sino inviertan en un proyecto que permita que la vieja estructura sea reconstruida, asentándose en las raíces de este pueblo.

Es difícil de entender que un personaje se haya colgado a pulso la imagen de prepotente, bocazas, provocador, exhibicionista y que ha conseguido poner a todos en su contra permanezca en un ambiente que le es hostil y que pide a gritos su salida. Si pusiera en práctica una mínima parte de esa inteligencia, que a pesar de todo se le supone, dejaría su puesto o al menos depondría su conducta. Si quisiera demostrar algo de deportividad, se dedicaría a gestionar la entidad y otorgaría autonomía a un técnico con carácter y personalidad, capaz de restablecer la confianza y la autoestima de los jugadores. Pero, lamentablemente, no es así.

 
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