Esto de las navidades viene a ser como una prueba ciclista por etapas, si me perdonan que en estas fechas me deje arrebatar por metáforas del gusto de Ibarretxe. Cuando se supera con solvencia ese par de puertos que forman Nochebuena y Navidad, ya está uno en condiciones de calibrar si va a llegar al 7 de enero con resuello o no. La Nochevieja y Año Nuevo, puertos de primera, constituyen la etapa reina y si uno ha conseguido instalarse en el sofá el día 1 por la mañana y seguir con atención el concierto de la Filarmónica de Viena hasta el 'Danubio Azul' y la 'Marcha Radetzky' ya puede decir que, de ahí en adelante, casi todo es cuesta abajo. Mayormente por el concurso de saltos de trampolín de Garmisch, que va después del concierto.
Los ancianos celebran los días señalados con comidas especiales en las residencias y la inmensa mayoría se niega a salir en esas noches. Aproximadamente el 90%. Hace algunos años habría interpretado que esa estadística era una señal de abandono de nuestros mayores, una variante del abandono en las urgencias hospitalarias para que las familias se fueran de vacaciones ligeras de equipaje. Sería una simplificación. Los mayores prefieren recibir la visita de sus hijos en la residencia y no romper sus rutinas.
Bueno, hay de todo. Una amiga me contaba con perplejidad por Nochevieja, que, contando con la presencia de su padre para la cena, había recibido una llamada suya a las seis de la tarde para comunicar que no pensaba ir, «porque luego voy a tener que atravesar conduciendo todo Madrid y va a estar perdido de controles de alcoholemia y, para no poder beber, pues no voy». «Quédate a dormir», le decía su hija, pero él, insobornable, quería dormir en su casa. Ella, que vive fuera de España la mayor parte del año, no ha conseguido que vaya a verla nunca, porque 'no me dejan fumar en los aviones, y para eso, no viajo.' Llegados a este punto, debo sacarles de una duda: no es el padre de Elena Salgado, la ministra de Sanidad.