La reapertura de La Encartada como museo no sólo descubrió ayer en Balmaseda reliquias de la tecnología industrial. Destapó también profundos y numerosos recuerdos históricos. Decenas de antiguos trabajadores de la fábrica recorrieron, décadas después, las instalaciones en las que tantos años trabajaron para salir adelante. Fue una visita emotiva para la gran mayoría. «¿Qué nostalgia!», exclamó enternecida Yolinda Vicente al cruzarse con la 'mula selfactina', hiladora en la que se llegó a emplear con «jornadas de hasta dieciséis horas diarias» para obtener un salario digno.
En su época de mayor apogeo, La Encartada llegó a confeccionar 300.000 boinas al año con una plantilla de casi 130 trabajadores. Predominaban entre los empleados, curiosamente, las mujeres. La fábrica llegó a reunir incluso a varios miembros de una misma familia. Fue el caso de Loli, Nieves y Mari Bringas, tres hermanas que coincidieron en la empresa. «Nosotras estábamos destinadas en los almacenes que aún no se han restaurado, pero sólo estar aquí ya nos trae unos recuerdos imborrables», admitió Nieves.
Milagros Ibargüen pasó a formar parte de La Encartada en la década de los cuarenta, una época «especialmente difícil». Guarda en su memoria múltiples anécdotas, aunque una especialmente dolorosa. «Una hiladora me pilló la pierna con sólo 16 años y todavía hoy padezco las consecuencias de aquel descuido», lamentó, aunque valoró agradecida la ansiada reforma de las instalaciones. «Es como volver al pasado. Todo está igual», apuntó.
Pero en La Encartada también trabajaron muchos hombres. Francisco Basterretxea fue uno de los más queridos. Sumó cuatro décadas de empleado y llegó a responsable de mantenimiento. «Empecé muy joven, aunque antes había estado mi madre y después entró mi segundo hijo», detalló, orgulloso del «ambiente familiar» que se vivía en la fábrica. Paco también guarda, no obstante, algún que otro recuerdo negativo de su paso por la empresa. «Pasábamos frío como para exportar», bromeó.
Club de la Boina
La esperada reapertura de La Encartada como museo, en cualquier caso, no sólo reunió a antiguos trabajadores de la fábrica, sino también a diversas personalidades. En la inauguración estuvieron presentes, por ejemplo, alcaldes y concejales de Las Encartaciones y la zona minera. También representantes de asociaciones vizcaínas como la del Club de la Boina. «Nos parece una instalación ejemplar y fundamental para mantener la tradición de la txapela», señaló Emilio González, miembro de honor del colectivo. «Queremos realizar una visita guiada y en grupo para conocer los entresijos de esta gran joya industrial», avanzó.