Por fin llegó el gran día. La fábrica de boinas La Encartada abrió ayer de nuevo sus puertas en Balmaseda, aunque no con el tradicional objetivo de confeccionar txapelas. Lo hizo reconvertida en un ambicioso museo textil que recordará para siempre el uso de una prenda asociada como pocas a la cultura vasca. La centenaria instalación, por la buena conservación de su maquinaria, permite retornar además a los orígenes de la revolución industrial en Vizcaya, época decisiva a la postre en el desarrollo económico de toda Euskadi.
Trece años de reformas y 2,8 millones de euros de inversión han sido necesarios para acondicionar el entorno de La Encartada como un equipamiento de talla internacional. Pocos son, de hecho, los museos industriales que a nivel mundial pueden presumir de reunir en un mismo espacio la fábrica -con el proceso completo de producción-, las viviendas de los obreros y otros servicios auxiliares como una capilla o la escuela. «Nos encontramos ante un conjunto de gran valor», destacó durante el acto de inauguración del centro el diputado general, José Luis Bilbao.
A lo largo de sus 3.000 metros cuadrados de superficie, el interior de la fábrica recoge infinidad de máquinas y herramientas históricas. Destaca entre todas ellas la 'mula selfactina', una hiladora que data de 1892 y que ya se ha convertido en un ejemplar único a nivel europeo. El museo expone, además, cardas, canilleros, bobinadoras, tricotosas, batanes o perchas. «Todas las piezas son originales y funcionaron en su día a pleno rendimiento en la planta para confeccionar las boinas», aseguró la directora de la nueva instalación, Begoña Ibarra.
Es tal el grado de conservación de la maquinaria que la fábrica podría volver a funcionar de nuevo, aunque la desfasada tecnología conllevaría unos costes de producción demasiado elevados. La Encartada, sin embargo, nació como un centro puntero e innovador. Y no sólo a nivel técnico. Se adelantó, por ejemplo, al pensamiento ecológico con una turbina hidroeléctrica que generaba su propia energía gracias a un salto de agua en el río Cadagua. La mitad de la electricidad producida la aprovechaba el propio centro textil, mientras que el resto se distribuía entre las viviendas de los empleados.
Visita guiada
El museo de La Encartada, no obstante, se presentó ayer como una iniciativa «viva e inacabada». «Más adelante abriremos al público la segunda planta de la fábrica, donde se encuentran los almacenes, la vivienda del director gerente y una pequeña terraza cubierta», desveló el alcalde de Balmaseda, Joseba Zorrilla. El Ayuntamiento de la localidad encartada y la Diputación barajan, asimismo, el futuro acondicionamiento de un restaurante en la antigua capilla de la factoría, así como la reapertura de la vieja colonia obrera como apartamentos de turismo rural.