Maquinaria de otra época recibe a los visitantes e invita a retroceder en el tiempo. Un viaje hasta finales del siglo XIX. Fue entonces, en el marco de la primera revolución industrial, cuando Balmaseda quedó ligada para siempre a la historia de la txapela. La centenaria fábrica de boinas La Encartada reabrió el miércoles sus puertas transformada en museo. Lo hizo con éxito. Cientos de personas han visitado ya la instalación durante las jornadas de puertas abiertas. Los más rezagados aún podrán acceder hoy de forma gratuita.
Una turbina hidroeléctrica de 1910 aparece como la primera joya industrial de La Encartada. Aprovechando un salto de agua en el río Cadagua, abastecía de electricidad a la empresa. Un complejo sistema de poleas y correas, conservado aunque inactivo, servía para distribuir la energía. «Lejos de lo que hoy aparenta, esta fábrica fue ejemplo de innovación durante décadas», aclaró ayer uno de los guías, ante el asombro de los asistentes.
El regreso al pasado, sin embargo, no se intuye con fuerza hasta llegar al pabellón principal de la factoría. Reliquias de tecnología punta desfasada, como la 'mula selfactina' de 1892 -única hiladora de sus características que se conserva en Europa-, impresionan allí al visitante. «Parece que realizaba el trabajo de 365 mujeres», destacó tras atender a las explicaciones Javier Urretxa, un vecino de Astrabudua. «Me ha impresionado lo grande que es la
fábrica y, sobre todo, su buena conservación», añadió.
Foto del abuelo
Muchos vecinos de Balmaseda aprovecharon la jornada de ayer para revivir, entre la histórica maquinaria, su particular pasado. «No llegué a trabajar para la empresa, pero vine varias veces y solía comprar las boinas y las mantas que aquí se fabricaban», asegura José María Beraza. «Ahora llevo txapelas de otra marca, pero no son lo mismo», añora. Nostálgico se mostró también Jesús Sainz, descendiente de una amplia saga de empleados de La Encartada. «La fábrica está fría, vacía. Todo muy bonito, pero sin el ruido y el olor de antaño», lamentó.
Más lejos en el tiempo, hasta los mismos orígenes de La Encartada en 1892, se remontó Julio Goffard, un balmasedano que visitó ayer las instalaciones para recordar a su fallecido y homónimo abuelo. «Me han dicho que aparece en una fotografía junto a antiguos directivos», explicó emocionado. «Era químico y vino desde Bélgica para trabajar en la fábrica», rememoró con mucho orgullo. Casi tanto como el que mostraron los responsables del museo. «El público está respondiendo. Ha venido gente hasta de Oviedo y Edimburgo», detallaron.