El portavoz de la oposición tiene un problema en el Congreso de los Diputados. Es el único dirigente que no se dejó arrebatar por el desmesurado e irracional optimismo que prendió en todos los grupos parlamentarios menos uno. Quiso obligar al presidente del Gobierno a reconocer el fracaso de lo que tan impropiamente se ha venido llamando 'proceso de paz' y a explicar con claridad ante la Cámara su propósito de la enmienda para el futuro.
No tuvo suerte. Zapatero admitió haberse equivocado al pronosticar 20 horas antes del bombazo que «dentro de un año estaremos mejor que ahora», aunque quiso sacar provecho del error: «no es muy frecuente que un gobernante admita errores», pero de lo que piensa hacer frente a ETA, no dijo ni mú, salvo que va a ampliar el Pacto Antiterrorista, hermoso propósito inviable. Tendrá que elegir entre los 148 escaños del PP y los 38 de todos los demás.
Rajoy no está preparado para la dialéctica presidencial, un lenguaje sin prejuicios ni apriorismos engorrosos, como el significado de las palabras, que no parece establecer diferencias entre 'la lucha contra el terrorismo' y 'el diálogo con los terroristas'. Rajoy estaría dispuesto a la unidad para derrotar a ETA, no para empatar con ella en una mesa de negociación. Nada tiene que hacer frente al club de los comisionistas, que aspira a ver satisfechas algunas de sus aspiraciones a través del diálogo. Los socios del Gobierno desean la negociación en cualquier caso, tanto si ETA mata como si no, también si es primer viernes o han de comulgar. El primero critica al Gobierno por partidismo; los segundos, movidos por su anhelo de paz, zurraban la badana a Rajoy para que les respondiera Zapatero. Fue un debate raro.
Estuvo bien el líder de la oposición, contundente y lógico, aunque en aras de los buenos modos, debió retirar la expresión que Zapatero le pidió que retirase. El presidente no parece haber superado la crisis en la que le sumió el hundimiento de su gran asunto de la legislatura. Tuvo otro lapsus, cuando llamó Juan Ramón a Juan Mari Jáuregui, el primer socialista asesinado por ETA cuando él llegó a la secretaría general. Y otro de memoria, al retar reiteradamente al PP: «nadie recordará a un socialista pidiendo explicaciones a un gobernante tras una tregua ».
Se equivocaba. En la tregua anterior hubo un parlamentario socialista que reprochó sus errores al lehendakari Ibarretxe al romper ETA su tregua: bajar la guardia, no prevenir, no estar alerta o sembrar expectativas excesivas mientras ETA no hubiera abandonado «definitivamente» el terrorismo. También le afeó haber convertido la tregua en objetivo y le advirtió de que mientras ETA no desapareciera definitivamente, los medios del Estado de derecho debían permanecer activos y listos para su uso.
Aquel dirigente socialista se llamaba Fernando Buesa Blanco, tenía un lenguaje unívoco e inteligible y fue asesinado 25 días después de pronunciar estas palabras.
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