Jueves, 18 de enero de 2007
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VIZCAYA

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Un almacén centenario
El edificio, ejemplo de arquitectura pública hecha en hormigón, ha sido objeto de un sinfín de proyectos de reconversión desde que cerró, en los años setenta
Un almacén centenario
EL INCENDIO registrado el 21 de mayo de 1919 destruyó el almacén, inaugurado diez años antes. / FOTOS: EL CORREO
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Será casualidad, pero el significado de la palabra alhóndiga encaja muy bien con el fin que pretende ahora el centro cultural y de ocio. Etimológicamente procede del término árabe al-fundak o alfúndak, es decir, un almacén, un silo, en definitiva, un lugar de encuentro. Con el tiempo denominó aquella casa pública destinada al intercambio de cereales, comestibles y mercaderías varias. Por tanto, parece claro que la nueva Alhóndiga seguirá siendo un buen granero, aunque esta vez orientado al bienestar, diversión y conocimiento en un espacio abierto a todos con el sello de Philippe Starck, autor de los más variados diseños para un sinfín de mercancías.

Y como almacén de vinos y licores comenzó el edificio de La Alhóndiga su andadura en 1909, con proyecto del entonces arquitecto municipal Ricardo Bastida (1879-1953). Lo construyó en una explanada de Indautxu, en aquella época periferia de Bilbao, después de que el Ayuntamiento comprara el suelo a cuatro pesetas el metro. En total, la obra costó dos millones de esas viejas pesetas. Ya entonces fue novedoso: constituyó uno de los primeros ejemplos de arquitectura pública hecha en hormigón armado de España.

Pese a su aparente fortaleza, sólo diez años después fue pasto del fuego, alimentado por el alcohol de aljibes y barriles. El incendio movilizó a decenas de bomberos en sus carretas cargadas de cisternas y tiradas por caballos. Las pérdidas fueron muy cuantiosas. Más de 20 millones en mercancías y, como mayor desgracia, la vida del bombero Alejandro Arechavala; no por las llamas, sino por un cascote de hormigón que le cayó en la cabeza.

La Alhóndiga funcionó durante décadas como un gran centro de custodia y reparto de vinos, aceites y productos de droguería, hasta su declive a mediados de los setenta, cuando cerró. Convertido en un edificio fantasma, se pensaron un montón de proyectos de reconversión, más de uno auténticos sueños de grandeza, que no prosperaron. En 1975, la alcaldesa Pilar Careaga planteó una manzana de viviendas.

El 'cubo' de Gorordo

Ya en democracia, José María Gorordo propuso en 1990 la idea que hasta ahora mayor controversia ha generado: el 'cubo de La Alhóndiga', respaldado por profesionales del prestigio del escultor Jorge Oteiza y el arquitecto Javier Sainz de Oiza. Fueron tantas las reservas despertadas que fracasó. También planteaba la construcción de un bloque de cristal y acero dentro del almacén, y un fin cultural. A alguno le puede recordar al proyecto actual, pero es que el cubo del alcalde Gorordo medía 80 metros de altura. Eran tiempos del lema 'Bilbao, capital de Euskadi'.

Dos proyectos más bajo el mandato de Josu Ortuondo tampoco cuajaron. Se ofreció el edificio a la fundación Guggenheim, pero ésta prefirió la campa de los Ingleses, más espaciosa para un museo. Poco antes de concluir su gestión ató algo que parecía definitivo: un Palacio de los Deportes.

Pero le relevó Iñaki Azkuna, que dio otra vuelta de tuerca al proyecto. Nació así lo que hoy conocemos como centro cultural y de ocio, cuyo edificio original cumplirá justo cien años cuando se inaugure el nuevo complejo. Cuando Starck lo visitó de incógnito, en el verano de 2004, se dejó seducir por el influjo árabe que parece que fluye por La Alhóndiga. Ahí, dentro del vestigio industrial, vio un bosque de pilares, como los de la mezquita de Córdoba.

 
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