La Acería Compacta (ACB) de Sestao acaba de cumplir su primera década de existencia. Casi nada comparado con los 114 años que duró su predecesora, Altos Hornos de Vizcaya (AHV), pero algo trascendental en una época de desarrollo industrial acelerado, de reconversión permanente y de lucha por mantener lazos de unión con un pasado próspero. El 21 de enero de 1996, el Rey Juan Carlos inauguró oficialmente la factoría, con una plantilla de unos 350 trabajadores y en la que habían sido invertidos 300 millones de euros; unos 50.000 millones de pesetas de la época.
Antes de llegar hasta aquella fecha hubo que superar numerosas dificultades. La primera le correspondió al Ministerio de Industria cuando decidió, a mediados de 1991, cerrar la cabecera de AHV -la acería de Sestao y también el tren de laminación de Ansio, donde hoy se asienta el Bilbao Exhibition Centre-, fusionar la compañía con Ensidesa y poner en marcha una reconversión que resultaría incomprendida en la época, pero cuyos resultados positivos hoy nadie discute. Aquel mismo año en que se decidió que se convertirían en chatarra los hornos que alumbraban 'todo Bilbao', AHV había perdido la friolera de 192 millones de euros. Sus días estaban contados.
Aunque, como suele suceder con todos los proyectos rodeados por un cierto éxito, la idea de construir esa factoría tiene muchos padres. La paternidad más reconocida, sin embargo, se adjudica a Nicolás Uribarri, entonces responsable industrial de CSI -el grupo nacido de la fusión de AHV y Ensidesa-, un ingeniero que todavía hoy es capaz de vibrar con los desarrollos tecnológicos del sector siderúrgico. Él había oído hablar de una novedosa experiencia protagonizada por una compañía norteamericana, Nucor, de la mano de unos tecnólogos alemanes que habían conseguido un desarrollo espectacular: fabricar bobinas de acero laminado en caliente, en un horno eléctrico y a partir de chatarra. Algo que, hasta entonces, tan sólo era posible producir en hornos altos y partiendo de mineral de hierro. ¿La diferencia entre una y otra opción? Varias y todas ellas trascendentales: la inversión necesaria era un 50% más baja y los costes de fabricación también eran inferiores en un 25%.
Aunque los factores económicos y otros más técnicos -la facilidad para iniciar y parar la producción, por ejemplo- hacían aconsejable esta inversión, la Unión Europea tardó dos años en autorizarla. No sonaba bien en los despachos de Bruselas que, al mismo tiempo, el Estado español argumentase la necesidad de subsidiar una reconversión industrial en un escenario de mercado de exceso de oferta para, a continuación, plantear un aumento de capacidad en la ACB. Tampoco eran 'mancas' las presiones políticas, regionales e incluso en algunos casos sindicales, que promocionaban la concentración de las actividades siderúrgicas en Asturias y el cierre de todas las plantas en el País Vasco.
Que el 2 de julio de 1996 saliese de los altos hornos de AHV la última colada de acero fundido y que el 30 de octubre de ese mismo año se consiguiese fabricar la primera bobina de acero en la ACB de Sestao fue fruto de un conjunto de circunstancias. Algunas, naturales, y otras más que merecieron algún que otro empujón. En la conjunción de astros coincidió que el ministro de Industria de la época fuese un vasco como Juan Manuel Eguiagaray, que el Gobierno autónomo apostase de forma decidida por no perder la industria siderúrgica en Euskadi -subvención con 12 millones de euros la inversión y se convirtió en socio, con un 10% del capital- y que se consiguiese aglutinar a un numeroso grupo de inversores privados, con capacidad para asumir el 70% de las acciones de la compañía. El Banco Central Hispano, la BBK, el BBV, el Urquijo, el Banco Exterior de España, Cosimet o Ingelectric jugaron el papel que les reclamó la Administración: vestir con adornos 'privados' una inversión de iniciativa pública para que la UE no pudiera ponerse a ella.
Más producción
Javier Imaz, un veterano ejecutivo del sector siderúrgico, que había desarrollado toda su carrera en el grupo Aristrain, fue el encargo de presidir la compañía y de ponerla en marcha. Desgraciadamente no vería su inauguración, ya que falleció apenas diez meses antes.
El desarrollo tecnológico ha permitido que hoy la ACB, con una plantilla de tan sólo 500 empleados, sea capaz de producir 1,4 millones de toneladas de acero en bobinas al año -su capacidad real puede llegar hasta 1,8 millones de toneladas-, la misma cifra que alcanzó Altos Hornos de Vizcaya en sus mejores años. La diferencia de personal, sin embargo, es sustancial. AHV, que llegó a tener en su cabecera de Sestao-Ansio unos 5.600 trabajadores en la década de los 70, necesitaba 2.800 operarios para alcanzar esos niveles de producción a mediados de 1996, justo en el momento en que se cerraron sus instalaciones.
Recientemente, el Gobierno vasco y la BBK, que controlan el 20% del capital de la empresa, han alcanzado un acuerdo con la multinacional Mittal-Arcelor para potenciar el desarrollo de la factoría, que cuenta ya con un departamento comercial propio y libertad para vender sus productos en el mercado. Hasta ese pacto, el único cliente era el propio grupo Arcelor.
Esta década también ha permitido que todo el mundo se olvide de que la iniciativa se había bautizado en su origen con un nombre que despertaba recelos: 'mini acería'. ¿Cómo podía alguien, en su sano juicio, proponer que se construyese algo 'mini' para sustituir a los hornos 'altos' al lado del 'superpuerto' y a tan sólo unos kilómetros de la 'catedral' del fútbol?