En noviembre de 1991, el Gobierno vasco invitó a dar una conferencia en Bilbao al presidente de la compañía siderúrgica norteamericana Nucor, Kennet Iverson, que había sido el primero en el mundo en instalar una acería del tipo de la ACB, en la que se rompían muchas barreras tecnológicas. Tantas, que muchos expertos del sector lo consideraban poco más o menos una locura.
El objetivo de aquel acto no era otro que el de pedirle a Iverson el favor de que, con su experiencia, convenciese a los que se oponían al proyecto; algunos de ellos, incluso, altos cargos de Altos Hornos de Vizcaya.
El inicio de aquella charla, celebrada en los salones de la Cámara de Comercio de Bilbao, fue demoledor. Al presidente de Nucor le acababan de enseñar las instalaciones de AHV en Sestao y no pudo contenerse. «Si quieren conocer ustedes mi opinión -dijo nada más iniciar su disertación- les diré que he visto muchos trabajadores, demasiados. También les diré que me ha llamado la atención que el equipo directivo tenga plazas de aparcamiento reservadas, nosotros no las tenemos. Y el colmo de lo que he visto es que los trabajadores llevan cascos de diferente color para distinguir si son jefes o no. Nosotros sólo tenemos un color para los cascos». El final de AHV, como telegrafió Iverson, también supuso una drástica reducción de plantilla, la uniformidad en los colores de los cascos, y que directivos y empleados aparquen donde puedan.