El frío aliento del invierno ha obligado a los indigentes que pululan por las calles de Bilbao a buscar cobijo y calor. El tiempo primaveral y la calidez meteorológica han dejado paso a la nieve y la lluvia, dos molestas compañeras de viaje de los 'sin techo', gente en continuo movimiento que no tiene adónde ir. La bajada del mercurio y las heladoras noches hacen que esta prole de desfavorecidos peregrinen de un sitio a otro en busca de refugio.
La historia de Alfredo Vaquero, un baracaldés de 42 primaveras, se escribe en clave de supervivencia. Su objetivo, según confiesa, es llegar al «día siguiente». Lleva sobreviviendo en la calle cuatro años y no esconde su cansancio. Con un discurso casi inaudible, desmenuza los motivos que le arrojaron a las garras del asfalto. «Tuve muchos problemas familiares y me metí en el infierno de la droga. Empecé con el alcohol y las pastillas y acabé enganchado a la heroína». La adicción, su auténtico calvario, le abrió las puertas de la cárcel. Después de cometer varios «robos con intimidación», le cayeron diez años. «Salí cuando tenía 34 y desde entonces no me he metido en follones».
La estrategia invernal de Alfredo, que tiene una hija de 23 años de la que no sabe «absolutamente nada», funciona como un reloj suizo. Controla dónde tiene que ir para esquivar el frío, y lo hace. Por la mañana, nada más levantarse, se acerca a las oficinas de la Comisión Antisida ubicadas en la calle Bailén, barrio de San Francisco, «para desayunar con un par de amigos». «Después nos vamos al comedor de Indautxu, vemos un poco la tele y almorzamos. Lo pasamos bien». Ya con el estómago lleno, «suelen dar menús muy buenos», la tarde ofrece «muchas posibilidades». «Lo que más me gusta es echar una siesta en algún banco de los Jardines de Albia, pero ahora con el frío es bastante difícil. Así que me busco un lugar tranquilo y, al atardecer, me voy a un albergue». Anoche se refugió en el de Mazarredo.
«La calle ha ido a peor»
Durante el primer año de indigencia, Alfredo no quería saber «nada» de los centros de acogida. Prefería hacer noche en los cajeros, los parques y las plazas; estar a su aire fuera de la redes de asistencia social que operan en la ciudad. Con el tiempo, ha cambiado de opinión. «La vida en la calle ha ido a peor. Antes estabas mucho más tranquilo, pero ahora con tanto inmigrante tienes que andar al loro». Cuando se le pregunta por el futuro, por las ilusiones que tiene, sus ojos se encienden. «Sueño con alquilar una habitación. Estoy harto de albergues porque hay gente que no debería estar allí, sino en un psiquiátrico. Lo único que quiero es tener un espacio propio para descansar».
Confiesa que le gustaría encontrar un trabajo, «después de recuperarme y estar en condiciones». Antes, cuando su vida era sinónimo de normalidad, se ganaba el pan en la construcción y la jardinería. «Espero conseguirlo, tener otra oportunidad. Estoy todavía con la metadona, pero he decidido dejarla. A estas alturas de mi vida, debo aprender a no depender de nada ni de nadie».