Ayer la Audiencia resolvió: De Juana seguirá en prisión. Se acatará la decisión de los jueces. No puede ser de otro modo. Siempre ha sido así. Las víctimas del terrorismo son muy conscientes de que jamás la justicia balanceará el daño recibido. Nunca habrá medida judicial que repare el daño. Las víctimas lo saben. Sin embargo, todas ellas han delegado en la Administración de justicia sus pleitos con los asesinos. Nunca han roto ese contrato social que nos obliga a todos los ciudadanos a no hacer uso de una justicia privada. De Juana y los suyos eligieron otro camino; su pleito con ellos mismos les llevó a jugar macabramente con la muerte y a profanar la vida. La víctima debería quedar en el relato de toda esta historia negra por encima del victimario, pero desgraciadamente no va a ser así. De Juana, ertzaina, enfermero, escritor, asesino en serie, huelguista de hambre, referente de la izquierda abertzale. Sabemos mucho de él. De los otros sólo sabemos un dato: '25'. De Juana vuelve a jugar macabramente con la muerte y a profanar la vida; esta vez la propia.
Siempre eché de menos, en julio del 97, mientras Miguel Ángel Blanco esperaba sus dos tiros en la cabeza, durante ese tortuoso lapso de tiempo que sus asesinos concedieron a su vida, el que ninguna madre de ningún preso reclamara, como madre y persona, que sus viajes continuos a prisiones lejanas era 'nada' ante el 'todo' del asesinato de una persona por esa causa. Supongo que alguna lo pensó, supongo que alguna lo sintió. Sé que ninguna lo expresó.
Siempre he pensado también que a los terroristas, en el fondo, les gustaría que las víctimas reaccionaran con violencia privada a su violencia terrorista. Esto les llevaría inmediatamente a poder justificar políticamente mejor su 'conflicto', a justificar moralmente mejor sus acciones y a forzar por necesidad social y mayores ansias de paz una posible negociación. De tú a tú, como ellos pretenden. Sin embargo, han pinchado en madera. Les incomoda, y mucho, que la actuación de las víctimas sea ajustada a derecho. Desearían tener un enemigo que les dé cancha, con el que batirse en su macabro terreno. A veces fantaseo y me perturbo a mí mismo pensando que esta postura de ciudadano cumplidor que todos los agredidos y las víctimas ejercen no hace sino alargar un posible final. Como felizmente la respuesta de las víctimas es la socialmente oportuna, la táctica de los terroristas les lleva entonces a amenazar más, a extorsionar más y a forzar a que por hartazgo el Estado se tambalee, desista y negocie. Espero que lo que durante tantos años las víctimas han regulado y soportado por el bien de todos no lo dilapide el Estado a través de una ruptura unilateral de ese contrato social por el cual asume por delegación el pleito de la víctima con su victimario. Este hecho ocurriría si el Estado (ejecutivo, legislativo o judicial) empieza a hacer dejación de sus obligaciones y de sus posibilidades de actuación. Confío sinceramente en que esto no va a ser así. Sería un mal final que sería el principio de no sabemos qué. Sería un mal final como referencia social futura y sabemos que podría haber otros finales mejores y más justos, aunque tarden más en llegar.
Y ahora que se habla tanto de humanidad, seguro que si algunos nos encontráramos a De Juana solo, yaciente y moribundo, le daríamos agua y trataríamos de aliviar su padecimiento. ¿Qué haría él en esa misma situación? En otras ocasiones, lo que sí ha hecho es rematar a sus víctimas. Eso es lo que nos ha diferenciado hasta ahora de ellos. El pleito que él ha tenido por sus asesinatos y el pleito que tiene ahora con sus amenazados los debe dirimir la Administración de justicia. No puede ser de otro modo.