C A Maitena Larrondo, le sobran cucharillas para remover el café. Tiene «más de 250» en su casa. Pero no ha usado ninguna. Ni siquiera con las visitas más distinguidas. Las tiene de exposición, en el más estricto sentido de la palabra. Esta mujer de Sopelana lleva 38 años recopilando estos objetos. Un viaje a Burgos despertó su afición. «Compré una de recuerdo de la ciudad a mi hermana. Le gustó mucho. Pero a mí también», confiesa.
El brillo argentino de este pequeño 'souvenir' de plata le cautivó. Y el hechizo se ha prolongado hasta hoy. Una pequeña mesa situada en un rincón privilegiado de su salón la delata. Bajo el cristal ahumado, Maitena ha colocado con esmero y paciencia algunas de las piezas que ha reunido durante casi cuatro décadas. No todas las ha comprado ella. «La familia y los amigos» tienen su parte de mérito. «Allá dónde van, siempre me traen alguna», explica Larrondo.
Así, han llegado hasta Sopelana cucharas de medio mundo. «La más rara tal vez sea ésta». La mujer elige una hecha en madera de coco. Desentona entre tanto metal plateado y dorado.
-¿De dónde es?
-Me la regaló mi hijo Mikel, creo que la compró en Cuba.
Sin embargo, no es la que más kilómetros ha recorrido hasta llegar a Vizcaya. Larrondo escruta los mangos de cada pieza, coronados siempre por un escudo o por una imagen. Y repasa. Mónaco, Hungría, Argentina, las Malvinas, Hawai... Admite que no tiene ninguna preferida: «Todas son importantes. ¿Cómo voy a elegir sólo una!».
De Hawai a Trujillo
Aunque, cuando revisa la colección, hay ejemplares que le llenan de nostalgia. «Liechtenstein. ¿Mira, Bittor!», le dice a su marido. Esa cucharilla es otro regalo: «La trajo nuestra sobrina Izaskun de su viaje de novios». La de Córcega, en cambio, la compraron ellos. «Hicimos un crucero por el Mediterráneo para celebrar nuestras bodas de plata», explican. Y, por supuesto, vinieron cargados de metal en las maletas.
La colección también tiene marcado sello nacional. Está plagada de recuerdos de ciudades tan castizas como Trujillo, Cáceres, Santander... «Durante catorce años, recorrimos diferentes lugares de la Península en vacaciones», dicen. Y, ahora, se apuntan a todas las excursiones que organiza el coro donde canta Larrondo, el de la iglesia de San Pedro, en Sopelana.
Su próximo viaje todavía no tiene destino, aunque sí fecha: el verano de 2009, cuando cumplan cincuenta años de casados. Hasta entonces, seguro que la colección seguirá engordando con aportaciones ajenas. Y es que, para hacer feliz a Larrondo, sólo hace falta una cucharilla. «Es mi 'hobby'», declara. Aunque, luego, limpiarlas no le guste tanto: «Es lo peor». Basta imaginarlo.