OLMO Si no me falla demasiado la memoria, en el bachillerato me enseñaron que cada especie zoológica, incluida la nuestra, posee dos tipos de caracteres; los hereditarios y los adquiridos. Y por si a algún lector le suena raro que califique a la raza humana como especie zoológica, aclararé que la Real Academia Española define al animal como un ser orgánico que vive, siente y se mueve por propio impulso. De donde se deduce que animal o zoológico lo mismo puede ser un académico de la lengua, que una lombriz. Sigamos.
La raza humana a lo largo de su historia, además de sus caracteres hereditarios, ha ido añadiendo algunos otros caracteres, según iba avanzando la civilización y el progreso, y hoy las nuevas generaciones están transmitiendo a sus hijos un carácter más: el de pulsar teclas. Y al hablar de este nuevo carácter adquirido, no me refiero a la afición de los jóvenes que veo ensimismados con su telefonito dale que le das al dedo pulgar apretando teclas y más teclas, porque eso se puede adquirir por imperativo de la publicidad. Me refiero a los niños que están en los balbuceos de su vida y apenas han aprendido a andar.
De este detalle me di cuenta una vez más cuando una señora entraba el otro día en el ascensor del metro con un cochecito y con su niño de la mano. El nene (o nena, da lo mismo) que apenas se tenía en pie, caminaba como un patito de la mano de su madre, pero en cuando entró en el ascensor se lanzó como un loco hacia los botones de la cabina con el dedo índice por delante, y no vean el cabreo que cogió el crío cuando vio que su dedo no llegaba a las teclas.
Aquel niño no había tenido tiempo en sus pocos meses de vida para fijarse en el funcionamiento de las teclas. Para mí que ese niño (y me atrevería a decir que todos los niños de hoy) nació ya con el carácter adquirido de pulsar teclas, transmitido a través de los genes de sus padres, que sin duda son (y me juego lo que sea) empedernidos teléfono-móvil-adictos, como todos los jóvenes de hoy, y algunos no tan jóvenes. Y digo esto último con conocimiento de causa, porque tengo un amigo de mi edad que se llama Esteban y que en cuanto coge un teléfono móvil se puede pasar seis horas ensimismado pulsando teclas como si estuviese en el séptimo cielo.