Sábado, 3 de febrero de 2007
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OPINIÓN

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Nobleza obliga
Tony Blair ha sido interrogado por Scotland Yard durante cuarenta y cinco minutos, que es lo que dura cada tiempo de un partido de fútbol. ¿Quién tiene respuestas para tanto? A los 'hábiles interrogatorios' sólo se les puede sortear con contestaciones más hábiles todavía, pero al sonriente primer ministro británico le va a costar trabajo explicar la corrupción, tan presunta como demostrada, de las finanzas laboristas. En cualquier caso, hay que reconocer que la idea para sacar dinero constituyó un hallazgo: vender títulos nobiliarios. El que quiera ser lord, que lo pague.

Nobleza obliga a soltar la pasta, ya que la servidumbre de la ejemplaridad hace tiempo que ha remitido bastante en diversas latitudes. No es un fenómeno nuevo. Hablaba Góngora de la posibilidad de que se compraran con ducados los Ducados, o sea, que eso de ponerle precio a la vanidad siempre ha constituido un buen negocio. Está demostrado que a partir de tener resueltos los problemas principales, el del cobijo y el de la alimentación, la mayoría de los seres humanos empieza a desear que se reconozca su alta valía. Para diferenciarse no hay nada más convincente que distinguirse y tratar de que lo incluyan en la nómina de egregios, que etimológicamente viene de los que se han salido de la grey.

Parece mentira, pero sigue siendo verdad, que en el siglo que sólo lleva siete pisadas por el mundo subsistan ciertas formas de presunción. Abundan las personas que ya están convencidas de que sólo hay dos legítimas aristocracias: la del trabajo y la de la inteligencia, pero hay un número no inferior de gente que adora los títulos. Grandes de España son, para el primer grupo, Miguel Hernández o Severo Ochoa. Para los pertenecientes al segundo apartado lo importante es adquirir un escudo. A ser posible, con una celada que termine en un plumero.

 
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